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Ramiro Cárdenas (1951) por Juan David Cadena B. jdc2201@columbia.edu
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Introducción a un autor desconocido

Ramiro Cárdenas Hernández gana el Premio Espiral en 1951, organizado por la Editorial Iqueima y la Revista de artes y letras Espiral. La modesta edición y publicación de ocho de sus historias en el volumen Dos veces la muerte y otros cuentos, aparece como reconocimiento a “su congénito y singular mérito como narrador” (“Contra-carátula” en Cárdenas, párr. 1). No cabe lugar a dudas de que se trata de una figura que todavía hoy, como sibilinamente anuncia la contra-carátula del libro, permanece en el completo anonimato: “La personalidad de Ramiro Cárdenas como escritor es prácticamente desconocida en los círculos literarios colombianos, y lo es aún más entre los lectores” (“Contraportada” en Cárdenas, “Dos veces…”, párr. 1). Sin embargo, el interés de mi investigación reside en la posibilidad de ofrecer una mirada que recopile las trazas y rastros de esta “personalidad”, en función de entender la generalidad de la escritura colombiana, pero sobre todo la peculiaridad de Dos veces la muerte y otros cuentos.

Del mismo modo, la dinámica de premiación de autores, así como la presencia de un jurado bien definido que seleccionaría Dos veces la muerte y cuya descripción consta en la primera página de la edición, por sí misma reconstruye una semblanza del campo cultural del momento:

«El jurado calificador estuvo integrado por Carlos López Narváez, director de extensión cultural de la Universidad Nacional; Eduardo Mendoza Varela, poeta; Danilo Cruz Vélez, catedrático de Filosofía en la Universidad Nacional; Fernando Charry Lara, poeta, y Clemente Airó, novelista y director de la revista espiral.(“Presentación” en Cárdenas, “Dos veces…”, 6)»

Finalmente, hay otro nivel de interés y observación que me interesa tener en cuenta –ya en el ámbito del archivo–, y que concierne a la objetualidad concreta del libro de la Editorial Espiral, cuyo examen entraña una labor de arqueología. Yo conservo un ejemplar de la edición de 1951, que es de mi propiedad y arribó a mis manos sin mayores explicaciones para su origen, mientras rebuscaba en la caótica biblioteca de mis abuelos, sin que nadie sepa cómo llegó allí realmente –cosa por lo demás muy común en las bibliotecas familiares. Además de esa copia, la única otra de la que tengo noticia está en la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República de Colombia. Es probable que la edición de la BLAA sea el último reducto institucional para esta obra contra el olvido; empero, hay dos diferencias sustanciales entre el libro de mi propiedad y la copia de la BLAA sobre las que definitivamente quiero volver con más detalle en mi análisis, aunque los dos sean ejemplares de la misma –y única– edición premiada del libro en 1951.

De cierta manera, me llama la atención el objetivo de identificar elementos en la obra de Cárdenas que permitan conectar las motivaciones narrativas del Modernismo de los veinte con el proyecto narrativo de los sesenta y el boom, en su capacidad para incorporar elementos de una identidad rural y costumbrista, pero irreversiblemente enrarecidos en el contexto urbano y globalizado de la modernidad:

«Estos cuentos, por lo tanto, son un testimonio literario de nuestro tiempo, y en este estricto sentido necesitan de la comprensión del lector y de la crítica. Pertenecen a las modernas corrientes literarias que exploran el alma humana con un nuevo y más apropiado método de conocimiento.» (“solapa posterior” en Cárdenas, párr.2)

En la conceptualización que hace Franco Moretti sobre los autores olvidados en [The Slaughter-House of Literature], subyace una preocupación muy clara por ganar lucidez crítica sobre el fenómeno de la literatura como un todo, basado en la continuidad de géneros y dispositivos narrativos capaces de aportar una caracterización más amplia y comprensiva del campo literario en su integridad (Moretti 208). Bajo tal premisa, Moretti se preocupa fundamentalmente por una imagen de la literatura como conjunto. Dado que el valor singular de cada obra ha sido situado definitivamente fuera del canon, la única manera de visibilizar la naturaleza de ese exilio implica una dinámica comparativa, capaz de anotar contrastes y similitudes que permiten una observación positiva del corpus canónico como presencia, al mismo tiempo que se le enfrenta con su caracterización negativa, a partir de lo que la primera excluye. Aunque esa inquietud persiste en mi proyecto, no cabe duda de que difiere en su metodología; mientras Moretti focaliza un interés inductivo, yendo de lo particular a lo universal, la motivación que persigo al analizar la obra de Cárdenas es fundamentalmente deductiva, pasando de lo universal a lo particular, en el interés de comprender mejor la obra de Ramiro como particular dentro de su contexto histórico, señalando tal vez una dirección completamente diferente a la de The Slaughterhouse, enfocándose más bien en el valor aislado del libro como una excepción, y emparentándose así también con el concepto de “microhistoria” de Carlo Ginzburg, dando cuenta también de: “those ‘crazy devices’ that one encounters here and there in the archive: stylistic clusters or plot sequences that are so weird that they can’t be replicas of other texts, but something else altogether” (Moretti 227). Finalmente, el motivo principal de mi indagación retoma la pregunta por este “something else” y procura agotarla en el caso particular de este escritor desconocido y olvidado, que parece así haber muerto dos veces.

Comentarios a esta edición

Portada a dos tintas
Portada a dos tintas.

A continuación, aparece una selección de reproducciones exactas de las páginas de dos ejemplares del mismo libro y edición de Ramiro Cárdenas, ambos impresos en Bogotá en 1951, por la editorial Espiral. Se incluye adicionalmente una versión editada en texto sin formato (.txt), en la que he corregido errores y gazapos numerosos y comunes, que prueban la precariedad de la empresa editorial y sus desfases, con cinco jurados de carreras destacadas, y pocos correctores de estilo competentes.

Uno de los ejemplares –el mejor conservado– es una versión del tomo localizado en la Biblioteca Luis Ángel Arango, en Bogotá; esta copia carece de dos elementos que me han obligado a incluir también algunos pasajes extraídos de la otra copia, que es de mi propiedad, encontrada entre otros libros viejos en la casa de mi familia paterna, en Bogotá. La presencia de unas solapas introductoras, así como una firma y dedicatoria que podrían pertenecer al autor, me han convencido de incluir algunas páginas del libro en mi poder, víctima de mudanzas e inundaciones en mucho peor estado que el de la Luis Ángel.

Solapas

Primero, una mutilación, que deja escindido un texto de infinita importancia en el ejemplar de la BLAA, pero que, afortunadamente, aún permanece en mi propia copia; se trata de las solapas del libro, que suelen ser removidas por la Biblioteca cuando un ejemplar se empasta con la cubierta dura que es de rigor para todos sus ítems y que a manera de las oblaciones contra la gangrena, parece surgir de una intención sincera por proteger los ejemplares de pasta blanda contra el espacio y el tiempo. Con el fin de optimizar el almacenamiento del texto dentro de un criterio estándar, la BLAA deja por fuera quizás el único comentario meta-textual de profundidad sobre la obra de Cárdenas que pervive hasta nuestros días, y que agrego en su totalidad, sobre todo con el propósito de mostrar las ambiciones narrativas que subyacen a la obra, así como su diálogo con la tradición literaria en la que aparecería.

Solapas anterior y posterior.

Solapas anterior y posterior.

Dedicatoria Manuscrita

Además de la ausencia de las solapas en la edición de la BLAA, por contraste, hay una presencia particularmente fetichista en la copia del libro que me pertenece. En ella, una dedicatoria –que incluyo acá– firmada por el autor para el poeta Fernando Arbeláez, bien conocido en los círculos intelectuales de mitad de siglo en Bogotá, marca todavía otro hito en la comprensión del volumen dentro de la compleja dinámica del campo cultural de la época y su modo de establecer redes de interacción, identificación y colaboración con su contundencia manuscrita: “Para Fernando Arbeláez, tan poeta como amigo. Cordialmente: Ramiro Cárdenas, Bogotá, septiembre 25 del 51”.

Dedicatoria manuscrita.

Para información en cuanto a la carrera de Fernando Arbeláez y su papel en la revista literaria Mito, que publicó a los intelectuales más destacados del siglo veinte en Colombia –incluyendo al mismo Cárdenas–, el archivo de el diario El Tiempo, completa la figura de su efigie en la literatura del país, en un artículo del 26 de septiembre de 1993, escrito por Henry Enrique Muñoz:

Visita el archivo de El Tiempo

Contraportada Biográfica

Sobre Ramiro Cárdenas.
Sobre Ramiro Cárdenas.

Los datos biográficos sostienen la particularidad de situarle en la periferia rural y cultural, en Caparrapí, Cundinamarca, pero especulan también a profundidad con aquellos intercambios que finalmente lo hacen parte del centro, en el contexto de la neurosis urbana. A través de sus estudios secundarios y universitarios, accede al espacio bogotano, del mismo modo, sus publicaciones esporádicas confirman su inclusión en el panorama cultural de la mitad de siglo. Sin lugar a dudas la experiencia de estudios en la Universidad Nacional de Colombia, en la que además estudia derecho, coincidiendo con el nóbel Gabriel García Márquez, contemporáneo nacido dos años más adelante, debe tenerse en cuenta en el momento de comprender su contexto ideológico y experiencial, en el que no cabe duda que estaría expuesto a teoría marxista de profundidad. Este rasgo, a su vez, describe ya una Colombia atravesada por la estrategia revolucionaria de guerrillas inaugurada poco antes por César Sandino en Nicaragua y que coronaría en los sesenta con la Revolución Cubana, diez años después de la publicación de Dos veces la muerte.

Colofón

Colofón. Colofón.

Acá, en la única imagen que corresponde al ejemplar de la Biblioteca Luis Ángel Arango, aparecen los datos básicos de la convocatoria Espiral que justificaría el libro y que explican esta edición completada en las imprentas de la editorial Iqueima, pero se agrega el sello institucional de la BLAA–exclusivo de su ejemplar, claro. Se destaca el precio ínfimo de 2.000 pesos colombianos, el proveedor J. Noel Herrera y la fecha de adquisición notablemente reciente que tiene en la colección de la biblioteca –noviembre 21 de 1994– si se le compara con la fecha de publicación, en 1951. Sumando dos sustratos de datos, editoriales e institucionales, el libro completa una imagen del circuito de la escritura en Colombia, o por lo menos en la ciudad de Bogotá, corroborando una cohabitación tensa y desafecta por momentos, entre las instituciones de la cultura y la cultura misma, si se tiene en cuenta, por ejemplo, que la BLAA ha estado en funcionamiento desde 1932, elaborando en la acumulación de colecciones incluso antes de su apertura al público en 1958.

Índice

Índice. Índice.

Nótese primordialmente el orden arbitrario de los numerales en el índice, rotos en las jerarquias alfabéticas o numéricas, y dejados a un despliegue sin centros o fines. El carácter concretamente tecnológico y mensurable que reviste al índice por sobre otras partes en la sofisticada objetualidad de los libros, aparece acá en un relajo poco formal que denuncia así síntomas visibles de una modernidad problemática en la narrativa de Cárdenas. Incluso en el caso de que se tratara de un descuido más entre correctores y editores con afán, es un hecho que existe una estética de la precariedad, cuando los pocos recursos devienen en intenciones estéticas, como se ha dicho entre artistas más contemporáneos. Una atmósfera de imagineríos infinitos, es definida así, inesperadamente, por la impresión de una ausencia, cuando lo mestizo y lo precario han sido de cierto modo característicos de la cultura latinoamericana y sus esfuerzos por apropiar una modernidad pobre y problemática, pero también de mucha sofisticación en sus carencias.

Con el fin de conservar la precisión de las citaciones y la distribución del texto original, he decidido conservar el índice de la edición y la numeración real de cada página en la edición física, insertadas acá entre corchetes [#] con el fin de facilitar la labor de lectores curiosos o de especialistas.

Dos Veces la Muerte y Otros Cuentos

En esta sección, presento la obra de Cárdenas en múltiples formatos, con el fin de facilitar las consultas y difundir un libro completamente desconocido que aporta semblanzas muy singulares de Bogotá y el momento cultural de los cincuenta, así como de una imaginación de perturbadoras honduras y violencias, que jamás volvería a publicar ficción.

Primero, conservando el formato original, ofrezco para los amantes de la emulación un libro digital del texto de 1951, incorporando imágenes de los dos ejemplares a los que he tenido acceso, que he escaneado y pasado a .txt para esta edición.

Para lectores que prefieren leer desde sus discos duros o móviles, incluyo también una descarga en PDF del original.

Finalmente, para análisis textual o intereses editoriales, hay además una versión .txt acá.

A lo largo del texto a continuación, se puede acceder a las imágenes del libro haciendo click en los numerales y partes entre corchetes: [Como ésta]. Esto en caso de que haya un interés en comparar mis modificaciones con el documento de 1951.

Paratextos

RAMIRO CÁRDENAS

DOS VECES
LA MUERTE
Y OTROS CUENTOS

PREMIO ESPIRAL 1951

EDICIONES ESPIRAL COLOMBIA

[Portada]

Los cuentos reunidos en este libro, poseen como primigenio valor la intranquilidad descorazonadora de la época en que fueron escritos. Reflejan al hombre nuestro contemporáneo, sumido en la exigencia técnica, en la corrupción moral, en la falta de fe en su destino propio. Son un precipitado cúmulo de circunstancias y emociones presentadas con una técnica en todo justa a esta nueva línea de ambición cuentista. Desde luego están aquí ausentes la mesura, la hilazón, y la “naturalidad” conocidas de la forma cuentista del 1900. “Dos Veces la Muerte y otros cuentos” ha nacido en 1950 y a esa fecha, significativa, y a sus realidades, responde la temática general del libro. Por otra parte el autor permanece ausente del afán, muy común en ciertos literatos, de dar respuestas. Él es solamente cuentista, se conforma, lealmente, con el cumplimiento estricto de la narración:

[Solapa Anterior]

(Viene de la solapa anterior).
en presentar un hábil espejo donde el hombre discurre encadenado a las fuerzas vitales, y si este hombre aparece aquí a veces desdoblado es en virtud de la confusión actual de esas mismas fuerzas vitales, pero asímismo trascendiendo en aras de su esfuerzo por el logro de un horizonte más amable y menos efímero, y, en ciertos momentos apareciendo este hombre sin unidad, abandonado como un ser primitivo no ya a unos hechos que le son inexplicables sino a los propios actos nacidos del piélago del escepticismo y la indiferencia. Tocando muchas de las veces, la sustancia de lo realmente trágico.

Estos cuentos, por lo tanto, son un testimonio literario de nuestro tiempo, y en este estricto sentido necesitan de la comprensión del lector y de la crítica. Pertenecen a las modernas corrientes literarias que exploran el alma humana con un nuevo y más apropiado método de conocimiento.

[Solapa Posterior]

DOS VECES
LA MUERTE
Y OTROS CUENTOS

[Portadilla]

El libro “Dos Veces la Muerte y Otros Cuentos”, fue calificado con el PREMIO ESPIRAL 1951, en el concurso auspiciado por la Editorial lqueima y organizado por la revista mensual de artes y letras “Espiral”. El jurado calificador estuvo integrado por Carlos López Narváez, director de Extensión Cultural de la Universidad Nacional; Eduardo Mendoza Varela, poeta; Danilo Cruz Vélez, catedrático de filosofia en la Universidad Nacional; Fernando Charry Lara, poeta, y Clemente Airó, novelista y director de la revista “Espiral”

Primera edición, Septiembre 1951.

[Colofón]

La personalidad de Ramiro Cárdenas como escritor es prácticamente desconocida en los círculos literarios colombianos, y lo es aún más entre los lectores. Hasta el momento, tan sólo alguna que otra esporádica publicación, en suplementos , literarios o revistas, han sido sus contactos con la opinión o la critica. Pero su congénito y singular mérito como narrador, le sirvieron para merecer el Premio Espiral 1951 de novela y cuentos.

Nació en Caparrapí, Cundinamarca, en 1925. Su juventud es otro de los factores que cuentan a su favor. Tanto el lector como la critica, pueden esperar mucho de quien hace su primera salida con el brillo de Ramiro Cárdenas. Hizo los estudios del Bachillerato en Bogotá y actualmente prepara su tesis de grado para el título de doctor en derecho en la Universidad Nacional de Colombia. También ha hecho cursos de Filosofía y Letras en el correspondiente instituto de la misma Universidad.

[Contra-portada Biográfica]

INDICE ––– Pags.

Dos Veces la Muerte ––– 7

Débora Encuentra su Segunda Verdad ––– 14

El Regreso —–– 22

Los Celos Divididos ––– 55

El Barro Desnudo ––– 86

Relato del Sueño de un Obrero ––– 99

Un Hombre indeciso ––– 39

El Pavo Degollado ––– 71

[Índice]

Dos veces la muerte

Nicolás no tenía miedo. Se había sumergido tantas veces. Sin duda esta no alteraría sus anteriores experiencias. Así lo creía él. Sin embargo, el ritmo sostenido de su sangre difería –y mucho– de esta su aparente serenidad. Descendía lentamente. Sin prisa. Le molestaba, sí, la quietud horizontal del agua. Toda su vida había jurado que era azul. Ahora sabía que no era así. Gris. Siempre gris, como el color de sus sueños y el matiz indefinido de los ojos de Yumei.

Ahora que el sol, pegado a la pulida superficie de la escafandra se fugaba hacia lo oscuro, se perdía para él la claridad y con ella llegaba la angustia. Como una rata se asomaba furtiva y silenciosa a la colmena de su cerebro. Siempre tenía miedo de tener miedo. Y ahora más que nunca, ese temor infinito pesaba sobre sus hombros, como si llevara el mundo a su espalda. Toda su [07] vida estaba allí, empujándolo cada vez más hacia lo hondo.

Esa escafandra ya hacía parte de su vida. Como si fuese un órgano vital —su estómago quizá– del cual no podría separarse sino con la muerte. La quería así. Con su moho dorado y sus junturas metálicas repletas de sal. Y el agua… casi podría decir que la amaba. Se había habituado tanto a ella, que si tuviera escamas, podría ser el hermanito menor de las sirenas. Más allá de su frente giraban muchos peces. No podría decir cuántos. Tampoco sabía decir sus nombres. Pero lo miraban insistentes con sus ojos circulares repletos de asombro. Como si él fuera algo exótico, capaz de quebrar la inmutable serenidad del agua. Sabía que nó. Si así fuera, tal vez Yumei lo habría soportado… ¿Yumei?… Su nombre había llegado con pasmosa exactitud. ¿Había dicho su nombre? Se resistía a creerlo. No. No lo había dicho. Tal vez solo era el comienzo de la fuga de su alma destrozada. Su razón trataba inútilmente de calmar su espíritu estrangulado. Pero la duda, implacable, se abría paso lentamente, alterando el pulso de su angustia. Tenía que ser ahora. Justamente cuando las ideas se desgajaban tan fácilmente de su cerebro. Cuando surgían rectas y delgadas como un surtidor, tenía que llegar [08] ella con su haz de recuerdos. Su nombre se filtraba por el centro de su angustia, ciñendo la cintura de sus pensamientos. Se le enroscaban en el sexo, en las piernas, hasta en la punta de la lengua. Implacables. No podía más. Un río de cansancio reptaba por sus muslos. Ascendía trabajosamente hasta su corazón, para regarse luego por la curva oscilante del vientre. Doblegaba sus miembros, enhiestos en su agresiva rigidez. Los sentía pesados, inmensos. Como si llevase la gravedad atada a sus tobillos. Allá muy lejos se moría la ruta interminable de los peces. No cesaban de mirarlo. Ya empezaba a fastidiarlo esa absurda curiosidad. Como si él no fuera como ellos.

Súbitamente el sobresalto quebró la superficie de esa somnolencia arbitraria que lo envolvía. Incontenible, desbocado, trepaba por el árbol de sus arterias hasta llegar jadeante a su corazón. Le dolía el cráneo. Un dolor inmenso le golpeaba las sienes. Sí. Lo tenía allí, descuajándole de raíz el centro de la vida. Como un pesado martinete, macerándole los huesos. Tal vez el conducto del aire… Debía ser. Si no, ¿por qué esa extraña presión que casi le cercenaba el tronco? Un vaho tibio y viscoso le empapaba la frente. Impensadamente sus manos se detuvieron en el [09] rostro. Las sentía anchas e inmensas. Como palas. Su cara rugosa y morena permanecía helada. Inalterable. Hasta pálida estaría. ¿Sería asfixia? Solo un instante, un décimo de segundo quizá, lo alarmó esta nueva forma de su tortura. La dejó pasar como tantas otras. Sin embargo, persistía en girar en la intrincada red de su cerebro. Lo iba a trastornar… Sí… Podría asfixiarse. Él lo sabía muy bien. Y sería por culpa de ellos. ¿Por qué había de ser él? Sí, debían buscar a otro. ¡Como si no hubiera más! Con matemática exactitud lo escogían a él. ¡Maldita sea! La protesta adquiría forma en su mente elemental materializándose en la imprecación. Ahora estaba más tranquilo.

La lasitud se apoderaba de él. Invadía la estructura liviana de su cuerpo con un vaho grueso y ancho. Las fibras musculares se aflojaron cansadas. Una turbia marejada de sangre tiñó su retina. Le abrasaba el rostro. Debía tenerlo encarnado. De repente, sintió necesidad de mirarse. De contemplarse en algo que le devolviera las líneas deshechas de su cuerpo. Ese molde orgánico, material y tangible, donde había habitado su vida y que ahora se desintegraba molido por la asfixia.

Sus ojos se llenaron de niebla. Lejos, muy distante, [10] percibió algo que se movía. Crecía. Aumentaba de diámetro. Y con extraños apéndices en continuo movimiento. Como aspas de molino. ¿El pulpo quizá? Podría ser. ¿No estaba acaso en su ancha comarca, en la entraña del océano? Sentía deseos de mirarse en su único ojo. De verse su cara abotagada.

… Nó… Allí no. Hasta tanto Yumei no abandonara el marco de la órbita. Otra vez ella. Venía a atravesarse en su vida. En todas partes, hasta en las encrucijadas de esta su primera muerte. La veía allí, sentada en el borde del párpado. Oscilante al impulso de sus flancos de brea. Sí. Era ella… Si hasta oía su voz, destrenzándose en una carcajada. Cálida, insinuante, cargada de promesas inéditas. Cabría en un caracol. ¿Estaría su voz hecha a la medida de los caracoles?…

Los segundos salían presurosos al encuentro de la muerte, llevándolo a él cogido de la mano. Se lo llevaban definitivamente. Algo le hurgaba la garganta. ¿Las letras de su maldito nombre de Geisha?… Tenía la boca abierta. Todo el mar se le metió por allí, ahogando las palabras. Ahora lo sabía todo. Palpaba la inmensa verdad. Moriría ahogado. La escafandra no era sino una creación de su cerebro alucinado. Tal vez esta seguridad había detenido el itinerario de la muerte. [11] La muerte… ¿Tendría la muerte la exacta estatura de Yumei?… Tampoco le importaba, ahora que lo recordaba todo. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?… ¿Pero antes de qué? Sí, de la bofetada. Un mestizo, un simple marinero, no puede mirar las mujeres rubias de los oficiales. Si al menos fuera blanco… ¡Pero si todo estaba muy claro! Por eso le dolía el mentón.

Un frío inmenso, atroz, destrozaba su epidermis desnuda. Las manos torpes, agónicas quisieron detener la asfixia. Ya el gas carbónico aplanaba su torso. Iba a explotar. Yumei… Yum… Las palabras giraban locas, desarticuladas, sin ninguna unidad. Su cabeza se dobló vencida integralmente. No resistía más.

Ahora su cuerpo flotaría sin rumbo. Hasta encontrar ese alivio que había deseado siempre, en el limo generoso. Sí. Así debía ser. Pero no moriría definitivamente porque sus huesos cargados de fósforo, animarían nuevas formas del proceso orgánico. Así estaría en las algas, en los peces, hasta en los ojos del pulpo.

El mar se teñía de rojo. Ya no era gris. Veía al color rojo desplazando al otro. Al gris. ¿Por qué veía eso? ¿Luego no estaba muerto? Débilmente, en un arranque supremo de su voluntad movió la cabeza… Un gruñido ronco despegó sus labios… [12] Veía el tronco separado de su cráneo. Si hasta contemplaba el haz apretado de sus nervios, flotando libremente como sus pensamientos. Y las venas, sueltas como banderas desplegadas. Sembrando en el agua la semilla de su sangre. Sí, el mar se teñía de rojo. Su cerebro se resistía a admitir esta extraña realidad. Pero estaba muerto. Hasta los peces, le gritaban desde más allá del tiempo, que se había divorciado de la vida. Lo aplastaba esta inmensa verdad. La otra era su cerebro que insistía en vivir, que no quería morirse, mientras su cuerpo era pasto de los peces. Sus labios amoratados se arrugaron en un rictus doloroso que pretendía ser sonrisa. ¿Qué más podía hacer, si solo había muerto su segunda mitad?

Los peces diminutos se acercaron por millares. A mirarlo tal vez. A reírse de su ridícula muerte… Nó… No era a mirarlo. Iban a devorarlo. Así era mejor… Mucho mejor. La esperanza florecía en las puntas de sus nervios. Llegaba el final.

Voraces, insaciables, los animales se metían por su agujero occipital. Sentía las dentelladas desgarrándole la gelatina del cerebro. Entraban innumerables v constantes, con desesperante exactitud. ¡Si acabaran pronto! Engullían rápidamente. [13] Ya no quedaba sino un hemisferio. Como langostas. Ya no podía pensar. Cada dentellada era una idea que se iba para no regresar. Ahora solo restaba la hipófisis.

La niebla definitiva, llenó el casco vacío. Un último dolor le descuajó el centro de la vida. Ese hito doloroso que parcelaba la superficie amarga de su vida del dulce territorio de la muerte, había desaparecido. Iba al encuentro de un mundo mejor. Sí. Ahora sí podía ser el hermano menor de la linfa inmemorial. Definitivamente. Para siempre.

Débora encuentra su segunda verdad

Débora no sabía nada. Mejor, no quería saber nada, pero ahí estaba eso, quebrando el ritmo de su serenidad. No podía verlo pero casi podía escuchar sus aéreos pasos. Como si fuera una desacostumbrada desazón. Tan solo sabía que estaba ante una extraña evidencia. Una liviana ola de cansancio ascendió hasta su frente. Sentía el edredón más tibio. No, más tibio no. Quizás más liviano. ¿Pero por qué pienso eso ahora? ¡Absurdo! Se resistía a pensar. Una sonrisa le dividió los labios. ¡Y la somnolencia! Cómo le fastidiaba. Se [14] pegaba a su cuerpo con terca insistencia. Crecía. Un vaho tibio se le adentraba por sus ojos, llegaba hasta su cerebro. Quiso cerrarlos. Así el vaho podría desaparecer. Comprobó, no sin sorpresa, que los tenía cerrados. No obstante, veía el sol reclinado en su ventana. Apretándole la cintura con su brazo dorado. El vaho se hacía más denso. Le torcía la mirada. Trataba de luchar, de defenderse. ¿Si pudiera asirse de algo que desmintiera esta agobiante irrealidad? Desasosegada, la confortaba esta idea. Sí. Zafarse de esto que amenazaba hundirla y arrastrarla hacia la oscuridad. Trató de hacerlo. La voluntad se le curvaba doblegada por la angustia. Ya el sueño reptaba hacia sus párpados. Colgaba de ellos. Hasta la niebla se despegaba de sus ojos, pero el horrible descenso continuaba. Un extraño temblor se detuvo en su vientre. Como si un inmenso vacío le distendiera las vísceras. Sin ella desearlo 3, pensaba 5 en el ascensor 2… pero si puedo pensar. Sus ojos giraron asombrados. Buscaban la certeza de los objetos materiales (nunca me ha gustado equivocarme) tratando de alejar esta torturante desazón. Impensadamente descubrió el reloj. El asombro hirió su mirada. Ahí estaba. ¡Quieto! Con una inmovilidad casi estudiada. Sin embargo oía el tiempo. Graves y pausadas las horas [15] rodaban sobre su cuerpo. Cuidadosamente se llevó la mano a la epidermis desnuda. Un ligero cosquilleo le adormecía el estómago. Sintió miedo. La sangre retardada le atropelló la aurícula. Ahora se devolvía. Circulaba a la inversa lo mismo que sus pensamientos. La sentía moverse bajo su piel, ondulante, como una tropa de gusanos bregando por ascender hasta el corazón. Otra vez el temor le desmoronaba su tranquilidad. Pero esta vez no era algo desconocido. Podía adivinarlo. El miedo a su vida detenida en esta fase de sus emociones anormalmente nuevas, insurgía violento en su existencia física. Si esto continuaba podría volverse loca. Le aterraba esta horrible certidumbre. ¡Volverse loca! No. ¡No podía ser! Con los ojos muy abiertos quiso expulsar esta idea absurda que afloraba entre su angustia. La sentía crecer. Un ruido muy delgado llegó hasta su oído; escuchó atenta. Oía muy bien el claro golpear de los instantes. Otra vez la imagen del reloj con sus agujas inmóviles se reprodujo en su retina. No quería concederle importancia, ya que no podía entender su absurda inmovilidad, paralela a su fatigoso tic tac. Le dolía la cabeza. Un abandono total traspasaba su cuerpo. ¿Para qué pensar, si su cerebro albergaba pensamientos tan fuera de lugar? El corazón le rozaba las costillas. [16] Apenas podía respirar. Aspiró fuerte. Sin saberlo su olfato se encontró con el aroma (recordó que la ventana estaba entreabierta). Lo percibía allí, pegado a su pituitaria. Como orquí… ¿Orquídeas iba a decir? Un ligero estremecimiento recorrió su espina dorsal. Se sumergía en algo desconocido, semejante al sueño. Así, casi lo mismo, era en la avenida; cuando las miradas recorrían su cuerpo, desnuda en el cerebro de los peatones. Se sentía mejor. Discurría como antes. Trató de afirmar esta débil convicción, de alejar la idea de su posible trastorno psíquico. En ese instante el olor se hizo más denso. Un delgado gemido se regó por su garganta. Creyó morirse. El perfume… Una ancha corriente de recuerdos imprecisos golpeó las orillas de su memoria. Como si al otro extremo de esta soga de aroma estuviera enlazada su vida interior. Sí. Los había visto. Los mitones. Sobre la mesita, cerca a las orquídeas. Ahí estaban. Inmensamente blancos, con su blancura desconcertante. Y detrás de ellos… los veía venir… llegaban ya los pensamientos detenidos. Se filtraban a través de su razón. No podía contenerlos. Le obturaban el alma con su punta acerada. ¡Tenía que ser ahora! Cuando empezaba a recobrar su destruida serenidad. Pero si él apenas se había inclinado a mirarla. ¿A mirarla? [17] ¡No!, bien sabía que no. El eco de las palabras repetidas en la fiesta, le desgarraba el oído, el cerebro, todo su ser. ¡Pero lo había hecho! Despiadada, la duda llegaba hasta su corazón para torturarla. Surgía violenta, plantándose en medio de sus pensamientos. No podía desprenderse de su nombre. Lo sentía nuevamente, ahí en sus labios. El sexo desatado le lamía la carne. Sentía las dentelladas mordiéndole la cintura. Si hasta tenía más tensa la línea de los senos. Como si lo estuviera besando otra vez. ¡No… otra vez no! La sola posibilidad le aplastaba el corazón. No quería pensar en él… Los mitones… Sí… El secreto origen de su tortura. De más allá de su conciencia venía el rechazo violento. Como si su sola evocación templara el arco de su carne. Desmadejada por la angustia trató de apartarse de los recuerdos lacerantes. Era inútil. Insistían en quedarse. Como lapas se aferraban a su memoria.¡Nooo! El grito se alargó en el aire. Toda su vida se retorcía en la protesta. Una marejada de sangre anegó su corazón. Se sentía mejor. Un poco de alivio envolvió su mirada. Si pudiera hacerlo… Deseaba agarrarse de algo que detuviera su razón en este doloroso girar tras los recuerdos.

En un supremo esfuerzo vital trató de hacerlo. No supo nunca cuánto tiempo había transcurrido. [18] Ya no oía el reloj. La idea había llegado muy suave. Furtiva. Casi no lo había sentido. Se erguía firme en medio de su sangre. Ya era un deseo obsesionante al cual no podía sustraerse; debía reconstruir su belleza (me miran demasiado en la calle), la biológica estructura que había albergado su vida durante veinte años. Así descansaría un poco. Se refugiaría en el sueño. Ahora recuerdo que desde hace tres noches no he dormido. Ella misma no podía entender esta descansada beatitud que ahora la invadía. De repente una luz intensa apartó su somnolencia. Estaba más claro. Llena de asombro contemplaba la rara cavidad que se extendía más allá de su frente.

Algo extraño, totalmente nuevo, que no podía precisar. Llegó a creer que estaba soñando. De otra manera no podía explicarse esto que veían sus ojos. Ahora podía distinguirlo. Una bolsa inmensa, parduzca llenaba o parecía llenar (no estaba muy segura) la habitación. Lentamente se iba retirando hasta casi parecerle estar muy lejos para distinguirla. Alargando la mirada volvió a percibirla muy clara. Como un útero gigante (había pensado eso asociativamente) que de pronto invadía el aposento. ¿El útero de su madre? (el aroma se hizo más grueso. Llenando sus fosas nasales. Simultáneamente se sintió empapada [19] de una suave tranquilidad). Podía ser… Algo en la bolsa se movía. Se imaginó que era ella quien se agitaba allí, en el recinto intrauterino al mismo tiempo que asistía desde lejos a su propio desdoblamiento. (¿Y por qué he de ser yo?… También puede ser Julián el deshollinador. Ayer estuvo en mi casa, junto a mi alcoba). Pero veo perfectamente los blandos trozos musculares. Tratan de acomodarse, de encontrar su exacto lugar en el admirable equilibrio de mis líneas —¿otra vez yo? No dije que era Julián— y los nervios… Como pequeños ofidios. Le empezaba a gustar eso. Este vértice orgánico donde se confundían las remotas líneas de su ancestro haciendo posible su esencia material. Y admirar la impalpable red sanguínea apretando su cuerpo feto, delimitando el sosegado equilibrio de su carne. Lo intuía todo. Esa retorcida masa de cartílagos, músculos, nervios, células y arterias definía su vida. En ese limo biológico se afirmaba la secreta raíz de su belleza. Quería mirarse. Una fuerza desconocida la impelía a confrontar su belleza agresiva (porque soy bella) en algo que se la mostrara en su justo valor. Pensó en el espejo. Se incorporó. Entonces abrió los ojos. La habitación estaba obscura. Tiró del cordón de la cortina. La luz inundó la habitación. Deslumbrada [20] por la claridad, con un gesto de desagrado se volvió a acostar. Ya no se miraría en el espejo. Una vacilación que no pudo explicarse la detuvo. Decidió entonces —muy quieta en su lecho— mirar hacia adelante, hacia su vida que arrancaba de este jalón biológico que había visto o soñado. Mejor era reconstruir su revuelto itinerario, atar los extremos de sus actos anteriores, partiendo del útero de su madre hasta llegar a este estado de desasosiego demasiado actual. Pero su memoria solo le mostró una superficie plana, sin nada extraordinario que alterase su cuotidiana existencia. Inútilmente buscaba en sus recuerdos algún acto trascendental. Una voz nueva que elevase la curva de sus emociones hasta ahora inalterables. Al sopesar en su cerebro la existencia fácil y liviana que había llevado, la halló desprovista de algún incentivo verdadero. Y la imagen diaria, tantas veces dibujada en el espejo, le parecía un maniquí grotesco manejado por una mano que no era la suya. Comprendió entonces a pesar de su resistencia a aceptarlo, que quien movía ese maniquí era ella misma, sin que hasta ahora le hubiera traído ningún resultado positivo. La desesperación le apretaba la garganta. El lado izquierdo de su cuerpo le palpitaba dolorosamente, como si quisiera acompañarla en este horrible descubrimiento. [21] Empezó a odiar todo aquello que le traía algún recuerdo de su pasada existencia. La angustia le dividía el corazón. Tenía ganas de morirse, de desaparecer para siempre en la oscuridad definitiva. En vano. Rió desdeñosamente. Cuando deseaba escapar de este cerco biológico en que se había convertido su cuerpo, no podía hacerlo. Ahí estaría siempre su maldita belleza aprisionándola, mientras el dolor le rajaba su costado. Ya no podía sustraerse a esa evidencia desafiante que enturbiaba su universo interior. Sí. Más fuerte que esta duda martirizante acerca de sus anhelos rotos, era la certeza de la otra, de su segunda realidad. La del espejo. Muerta en vida, como una estatua de sal. Mientras la tortura le descuajaba la vida, comprendió la oscura razón de su ansiedad. Le dolía esta arbitraria belleza pegada a su cuerpo hacía veinte años. El aroma había desaparecido. Débora, cayó vencida a lo largo de su verdad.

Afuera se escuchaba el rumor del río humano desbordándose en la urbe fatigada.[22]

El regreso

La sombra del recuerdo enturbió los pensamientos de Manuel Solano y detuvo el caballo. Otra [22] vez estaba en la boca del valle. Como un huracán todas las escenas de su vida giraban en ese instante en su mente conturbada por la presencia de la tierra. Imágenes y nombres de lugares y personas, volvieron a unirse, a entrelazarse en su memoria para reconstruir ese trozo de vida que había sido su niñez, también su adolescencia, y que ahora sin saber por qué en lugar de producirle alegría le dejaba en los labios un amargo sabor. Más allá el valle, más acá un hombre solo que regresa. Eso era él, pensó, y una ola de tristeza se desbocó en su interior. En ese instante hubiera querido no pensar en nada ni en nadie porque le dolía su propia vida. Miró distraído hacia adelante y sólo vió un gallinazo volando muy bajo sobre la hondonada selvosa. Igual que en la frontera —pensó— buscando muertos. Y sin quererlo volvió a reaparecer en su retina el rostro bronco y anguloso del teniente cuando gritaba “fuego, duro con ellos” y la mirada agónica del chofer con las entrañas rotas por el fuego rasante de la ametralladora y el rostro ingenuo de ese estudiante del liceo que con el pelo sobre los ojos no alcanzó a gritar porque las palabras se le estrangularon entre la boca, cuando un disparo le regó los sesos sobre la calle. Y los otros, todos esos hombres del pueblo, que cayeron hacia adelante, confundidos [23] en la misma fiesta de la muerte. Los vio a todos, acostados en la tierra, con los labios resecos y los brazos abiertos, de cara al sol, salpicados de lodo, muertos, destripados por las balas y una mueca de asco saltó al rostro moreno de Manuel Solano. Horrorizado, rechazó la sombría visión que destruía su tranquilidad. Yo no tuve la culpa. Tuve que cumplir órdenes. Esa es la milicia, musitó amargado sin poder recobrar su equilibrio interior. Además yo disparé al montón, concluyó para darse ánimos. Sin embargo, el recuerdo sangriento no se alejaba de su vida, persistía en torturarla. Por más que deseaba olvidar seguía viendo la imagen del chofer, tumbado en plena vía con las manos en el vientre para atajar los intestinos destrozados. En vano su conciencia se retorcía deseosa de encontrar una excusa, un atenuante que justificara sus actos esa tarde trágica, pero cada vez que trataba de sincerarse volvía a ver el rostro del hombre del overol azul, con la boca llena de tierra que lo miraba desde más allá de la muerte. Y si no era él, eran otros rostros, miles de rostros desconocidos antes pero que ya no olvidaría jamás, que no podría olvidar nunca porque él había ayudado a matarlos. Y Manuel Solano sintió el peso del remordimiento oprimiéndole [24] el corazón. Miró hacía el valle, apuró el caballo y enrumbó por el atajo, deseoso de zafarse de estas dolorosas evocaciones que lo hacían sentirse más solo que el paisaje mismo pero la voz del guía lo hizo detener.

—Por ahí no, don Manuel.

—Pero si es el camino más corto para llegar al Robledal.

—Puede ser, pero no siga por ahí… yo sabré por qué se lo digo.

Manuel frenó su caballo y se quedó mirando al guía con ojos inquisidores.

—Bueno, pero diga por qué —le dijo impaciente. El guía lo miró receloso y sin decirle nada cogió el caballo de la brida y lo dirigió hacia el camino real, pero Manuel se resistió a seguirlo.

—No, primero me vas a decir por qué no seguimos por el atajo —e hizo volver el caballo hacia el sendero que habían desechado.

El guía hizo un gesto malhumorado y le replicó:

—Está bien. Entonces sigamos por ahí. Y sin agregar nada más echó a andar detrás del otro.

Manuel Solano tomó el atajo pensativo. Acababa de llegar y ya empezaba a tener problemas que no esperaba encontrar. No se explicaba la reserva de Antonio, el guía que tan efusivo se [25] mostrara cuando lo recibió en la estación del ferrocarril después de cinco años de ausencia. Manuel marchaba preocupado, el paso de su caballo, sin la menor intención de apurarse. Estaba intrigado porque no comprendía la razón de los temores y la reticencia del guía. Le parecía que todo había cambiado, que ya nada era igual a lo que él había dejado antes. ¿O sería él quien había evolucionado? La pregunta se quedó sin respuesta y nuevamente la tristeza vino hasta su corazón junto con las imágenes de las ciudades que había visitado por cuestiones del servicio. “La tercera compañía del Batallón 20 sale para el Norte en comisión de orden público”. Él ya sabía lo que eso significaba. Orden público, igual muertos. Era una igualdad perfecta, matemática y sonrió queriendo olvidar. Sí. Tenía que reconocerlo. Él había cambiado. Ya ni a sus antiguos compañeros de infancia les inspiraba confianza. “Sólo la tierra no cambia”, le había dicho su padre antes de irse para el cuartel. Y ahora parecía que su padre tenía razón. En lugar de sentir alegría, Manuel Solano experimentaba extrañas sensaciones a la vista de los lugares que antes amara y que ahora le parecían indiferentes. Pensó en la ciudad, en sus cafés repletos de seres anónimos y en la inmensa multitud desconocida, [26] lejana a él mismo, que se movía como un gusano ondulante y se acordó también de la camarera del Cuerno de Oro con quien se había acostado la víspera de su viaje. Volvió a sonreír y aguijoneó el caballo. Atravesó la quebrada y de repente se detuvo, tenso el cuerpo y los ojos muy abiertos. Las tierras calcinadas y resecas se abrieron de golpe ante su vista asombrada. Extendidas hasta donde alcanzaban los ojos, como una inmensa sábana oscura y desierta, manchada de vez en cuando por los restos de una casa abandonada, o los huesos de hombres y animales retorcidos y cubiertos de musgo como una caricatura de la muerte. Nada quedaba sobre la superficie fuera de unas toscas cruces elaboradas con restos del incendio.

Manuel quedó quieto, sin decir nada, y sintió una pena inmensa que le destrozaba el corazón, y que le roía el alma dolorida. No quiso preguntar nada pero lo intuyó todo. Por eso Antonio se había opuesto a que pasaran por el atajo que conducía al Robledal. ¿Entonces era mentira lo que decían los boletines oficiales? Manuel Solano se resistía a creerlo, a aceptar esta dura verdad. Sí. Lo habían engañado mientras él también disparaba sin saberlo contra gentes como estas de las cuales apenas quedaban los huesos hundidos en [27] la tierra. Y buscó en su memoria los nombres de los amigos muertos y trató de reconstruir el pequeño paisaje donde ellos habían vivido antes. En vano. Sólo la extensa planicie chamuscada, huérfana de vida. Estaban muertos. Muertos como el chofer al que se le habían regado los intestinos en la calle o el estudiante que no alcanzó a gritar porque una bala le marchitó su generoso intento. Completamente anonadado, azotado por el dolor, apenas pudo preguntar con voz que le pareció que no era la suya:

—¿Todo esto lo hicieron ellos? El tono de su voz era seco, cortante.

—Todo, don Manuel… Y eso que usted no sabe…

Manuel estaba absorto, ausente de sí mismo. Pensaba en sus padres, en el Robledal, en todo lo que antes era suyo. Como Antonio callara volvió a interrogarlo.

—Pero papá y mamá… —Un sollozo contenido le ahogó las palabras.

—Afortunadamente esa noche estaban en la otra finca. Si no también los matan.

Manuel descansó. Se sentía mejor.

—Bueno, ¿pero por qué hacen todo esto? —Inquirió otra vez.

—Pues porque no éramos de los mismos, sería… [28]–Respondió Antonio. Luego agregó:

—Aquí no habíamos hecho nada. Trabajar, lo único, y vivir en paz, pero luego como no fuimos a votar empezaron a poner presos a los que iban al mercado y a darles golpes y entonces no volvimos al pueblo… Para lo que sacamos. De nada nos valió. Cuando mataron al viejo Pablo, ahí sí que fue cierto. Después… Mejor será contar las cruces del camino.

Manuel Solano continuaba callado, atento al trágico relato de Antonio y temblaba de ira porque sabía que todo eso era cierto. Lo veían sus ojos. Además conocía a sus paisanos, su vida, su historia. Gente buena y humilde que había pagado caro su humildad. Volvió a acordarse de los muertos del día de la huelga y un estremecimiento lo sacudió en la silla. Al menos esos que él ayudó a matar, tuvieron el valor de rebelarse, de gritar su inconformidad —pensó amargado—, pero éstos, ¿qué habían hecho éstos que ahora estaban muertos o despojados? Su cerebro se negó a darle alguna explicación satisfactoria lo cual acrecentó su malestar. Todavía no había preguntado por la finca de sus padres, temeroso de oír lo peor pero al fin se decidió.

—¿ Y el Robledal ?

—Pues lo mismo. No le cuento que eso era por [29] parejo —respondió el guía mirando para otro lado.

Solano suspiró hondo. No le quedaba nada fuera de sus padres y de su juventud. Y no quiso oír más. Estaba exasperado, loco de furor. Cinco años en el ejército para que le hubieran hecho esto. Ya verían. Una resolución tremenda le martillaba en medio de los ojos. Ya no era el mismo. Tenía ganas de matar, de destruir. De hacerle pagar al primer adversario que encontrara toda esa sangre regada sobre su tierra. Cegado por el odio, buscaba a cualquiera. Sí. Mataría al primero que se le presentara. “Hasta mi misma novia si la encuentro”, murmuró frenético y hundió las espuelas en los ijares del animal sorbiéndose el camino al galope de su caballo. Cuando llegó al guayacán grande aminoró el paso porque se acordó de ella, de Carmelina, su novia de antes. Sí. Ahí al pie del árbol se habían juntado muchas veces sus cuerpos cálidos y sudorosos, impregnados de tierra y olorosos a hierba. Un aletazo de nostalgia le rozó el corazón y volvió a acordarse de ella con la misma sed antigua, como en las noches de vigilia al pie del árbol cuando la poseía con toda la fuerza de su cuerpo joven, pero al instante la lúbrica evocación se deshizo, se hundió en el piélago de su ira, porque ella [30] también era de los “otros”. Hermana de uno de los incendiarios. Hasta los habría ayudado. Pensó esto y rechazó el nombre de la mujer con rabia porque la evocación le hacia más dura la verdad, acrecentando su ira volcánica. Si la encuentro la mato, masculló a media voz. Terminó de decir esto y se encontró galopando hacia el rancho de Carmelina. Sin embargo la indecisión lo hizo reflexionar. No se sentía muy seguro de lo que quería hacer. Pensó detenerse, pero después se le ocurrió que podría encontrar a Egidio, el hermano de ella y resolvió llegar. Tenía que matar. Y si lo encontraba tendría que matarlo para librarse de la obsesión de los muertos del valle que desde más allá de la tumba le pedían venganza. Al menos así lo creyó él y aceleró la carrera dispuesto a cumplir sus propósitos sangrientos.

Un par de gallinas corrieron asustadas cuando el polvoriento huracán llenó el patio envolviendo la furia vengativa de Manuel Solano. El hombre que estaba en el patio, sobre un cuero de res, vio el caballo y se incorporó en seguida. Miró al visitante y gritó algo. Este apenas oyó las últimas palabras: “Guarapo para don Manuel”. Egidio lo había reconocido y se acercó despacio. Manuel bajó las manos hasta la funda del revólver. [31]

—Al fin volvió a vernos, ¿no? La voz se confundía entre el afecto y la sorpresa. Una nube roja oscureció los ojos de Manuel Solano.Volvió a mirarlo y sintió deseos de escupirle la cara.

—Sí. Volví. Y creo que les va a pesar. Las palabras cortaron el silencio con rabia contenida.

—De ninguna manera. Este rancho es suyo. Egidio rubricó sus palabras con una sonrisa. Creía que Manuel bromeaba. Por eso cogió el caballo de la brida al tiempo que le decía: —Pero desmóntese, hombre. Luego gritó llamando a la vieja Dolores: —Mamá, ¿qué hubo del guarapo? El otro no le hizo caso. Haló el caballo de la brida. El animal se encabritó y Manuel le dijo con voz ronca:

—Mejor será que no sirva el guarapo. Es para no tener que echárselo en la cara.

La vieja apareció en una esquina de la casa con la totuma llena de guarapo, pero se quedó con su sonrisa incompleta entre la boca sin dientes. Egidio no salía de su asombro, pero vio el rostro fiero de Manuel, congestionado y amenazante y trató de comprender.

—Pero qué está diciendo, don Manuelito… El otro lo interrumpió: —Lo que oye… Con que quemando casas, ¿no? Las palabras se atropellaban en la boca de Manuel Solano. —¿Y si te pagan bien por el trabajo? —agregó sardónico. [32]

—¿Pero de qué me habla usted ?… Expliqúese hombre.. .

—¡Ah! ¡Con que ahora lo niegas, so hijo de perrea! En los ojos de Solano parpadeó un relámpago siniestro. Levantó el revólver y apuntó a la cabeza de Egidio mientras le decía: —Te acuerdas que incendiaste el Robledal, ¿no? Pues yo te voy a incendiar a plomo para que te acuerdes de que un Solano no olvida y siempre cobra.

Egidio pálido, con el rostro cenizo por el miedo retrocedió hacia la casa. Miró a su madre y tartamudeó: —Máteme si quiere… Pero le juro que yo no he hecho nada contra usted ni contra los suyos. Las palabras de Egidio parecían sinceras pero Manuel no le hizo caso.

—¡Tienes miedo y ahora quieres disculparte… cobarde! —Y montó el revólver. Sentía arder la sangre. Si no lo mataba ahora no podría descansar nunca. Manuel Solano no era más que un haz apretado de músculos manejado por el odio. Ya iba a apretar el gatillo cuando vio a la anciana que desde un extremo del corredor lo miraba con los ojos repletos de angustia. Enhiesta, como una estatua, paralizada por el terror, sólo sus manos se movían, temblaban. El guarapo contenido en la totuma comenzó a regarse, a caer despacio, a gotear sobre los pies desnudos de Dolores. Manuel [33] se quedó mirándola, sin fuerzas para oprimir el gatillo de su revólver. Sería el tan cobarde como para no sentirse capaz de matar un… Antes de que concluyera el pensamiento, de la boca de la mujer surgieron las palabras implorantes.

—Escúcheme don Manuel. . . No vaya a hacer una locura. Hágalo por la memoria de Carmelina. —La vieja suspiró v se llevó la mano a la cabeza para arreglarse un mechón que se le había zafado del pañuelo que a guisa de turbante llevaba sobre el pelo y esperó ansiosa.

Una sucesión de emociones contradictorias, desconocidas, paralizaron los dedos de Manuel Solano. Sí. No podía disparar. Las palabras de la vieja se le entraron por los oídos confundidas con el recuerdo de Carmelina. Como si fuera la muchacha misma quien le hablara. Igual que en el guayacán grande. Con su traje de olán y el rostro blanco, alunado, pidiéndole con los ojos cuajados de estrellas que no se fuera, que la llevara consigo… “Carmelina. Hágalo por la memoria de Carmelina”. Era la llamada de la carne rediviva en el nombre de la hembra. En la evocación de su piel tibia, olorosa a hierbabuena. Salpicada de luna menguante y de deseo. Sin él desearlo pensó en la madre del hombre de overol azul y en la novia niña del estudiante muerto y bajó el [34] revólver. Sí. No era capaz. No había sido capaz. Manuel bajó los ojos, derrotado, vencido por su propia debilidad. Pero en cambio tenía miedo. Miedo de lo que le hubiera ocurrido a ella. “Hágalo por la memoria de Carmelina”. Sentía el pecho desgarrado por las dentelladas de la angustia, deshecho por la incertidumbre. Aunque tuviera que humillarse delante de Dolores, preguntaría por ella.

—¿Dónde está ella? ¡Díme dónde está! La voz ronca de Solano ahora era sumisa, implorante.

—Y para qué me pregunta… —respondió la mujer con débil inflexión en sus palabras. Una lágrima rodó por la mejilla rugosa y desteñida de la anciana.

—Quiero saberlo, díme dónde está. —Los labios de Manuel temblaban.

—Pues si quiere saberlo… —Hizo una pausa con la voz dividida por los sollozos y agregó… fue la misma noche en que le metieron candela a todo el valle…

—Pero qué le han hecho, dónde está, dímelo todo, tronó impositivo Manuel.

—¿Que dónde está? Sólo Dios lo sabe. Lo único que sabemos es que el teniente vino a la madrugada y se la llevó a la fuerza para el cuartel que tenían en el “Alto”… [35]

El llanto desatado cortó las frases de la anciana, mientras Egidio con la cabeza baja miraba la tierra y trazaba figuritas en el polvo con la punta del pie desnudo.

—¡Pero no ha muerto, no es cierto que está muerta! ¿Verdad que no? —rugió el hombre mintiéndose él mismo, tratando de ocultar la dolorosa verdad que ya sabía.

—Por lo menos así nos dijeron —agregó la vieja—. Que murió de los golpes recibidos porque no se acostaba con todos los soldados.

—Basta ya. No sigas… No me digas más.

Manuel Solano sintió que la vida se le escapaba poco a poco y maldijo a todos los que se la habían quitado. A los que le habían destruido la tierra y le robaron su hembra. Y se maldijo a sí mismo. En medio de su furor, vio asomadas a su cerebro las cabezas destrozadas y los pechos rotos de los hombres que cayeron de bruces, con los huesos quebrados por el fuego de los fusiles el día de la huelga. Y sintió náuseas. Y asco. Y lástima de sí mismo. De él. Del excabo Manuel Solano, asesino como los otros y como ellos incendiario.

Ahora nada tenía sobre la tierra. Se lo había quitado la violencia de los hombres, sus mismos compañeros. Todo hecho en nombre de un orden que abominaba ahora. Sí. Esos a los cuales él había [36] defendido, lo habían despojado no sólo de su tierra sino que para conservar el orden se habían llevado a Carmelina. Y una carcajada sarcástica se desprendió de sus labios y rasgó el silencio de su tragedia. Sentía arder su frente, poseído por el rencor. Sí. La vieja Dolores tenía razón. Sabía que ellos no tenían la culpa. Ni Dolores, ni Egidio, ni Carmelina, ni nadie. Como él, eran víctimas de un engranaje social que no hablaba sino un lenguaje. El del orden. Y empezó a odiar el orden que ahora le parecía inhumano, duro y cruel.

El ruido de unos pasos moviéndose entre la hojarasca le hizo volver la cabeza. Era Antonio, el guía que llegó corriendo, fatigado, sudoroso.

—Válgame Dios don Manuel. Creí no encontrarlo.

—¿Luego, qué pasa? —le contestó éste distraído por sus reflexiones.

—No, nada don Manuel. Pero como me dejó regado cuando vió lo del valle y parecía tener usted tanta cólera… pues pensé que iba a hacer alguna bestialidad… y como lo vi correr para acá, pues… me vine corriendo. Sólo que el caballo es más ligero —concluyó visiblemente satisfecho.

—No, Antonio. Es verdad que me equivoqué al principio pero ahora veo claro. Los responsables [37] son otros, los dirigentes, mejor dicho, el sistema. Hubiera querido decir el Orden y volvió a oír las palabras del teniente: “Fuego, duro con ellos”.

Egidio lo interrumpió.

—Pues claro. Luego uno qué culpa. Fíjense lo que nos pasó.

Manuel estaba ya insensibilizado, sordo al dolor. Se sintió fastidiado y para variar el tema preguntó a Egidio, sin ningún interés en la respuesta.

—¿Y la cosecha? ¿Qué tal este año?

—Eso qué cosecha. Por aquí nadie trabaja porque no dejan ni hay quien lo haga. Luego agregó enfático: Y además, para qué cosechar si ni la tierra es de uno.

Manuel se volvió asombrado y le dijo:

—Pero si esto es de ustedes. Yo lo sé. Todo el mundo lo sabe.

—Eso era antes. Después de la matanza vino don Fidel…

—¿Cuál Fidel?

—Pues el presidente del Comité. Vino y nos dijo que era mejor que vendiéramos porque ustedes nos iban a matar. Usted sabe como es él… Pues nos dejamos creer y nos sonsacó la tierra por una lupia. Así es como estamos de arrendatarios, fíjense. [38]

Manuel lo interrumpió y dijo dirigiéndose al guía:

—Lo ves, Antonio. Invocan odios de partido para explotar a la gente. Para despojarla. Y entre tanto matan, matan por ver correr la sangre. Pero esto no puede durar toda la vida. La gente empieza a cansarse. Por eso te decía que me equivoqué. Pero ahora ya sé. La cosa es con los de arriba y contra ellos.

Una ancha sonrisa le iluminó el rostro moreno. Dolores se le acercó y entre tímida y afectuosa le dijo: —¿Y entonces qué? ¿Le sirvo el guarapo?

Manuel se volvió avergonzado hacia ella y contestó:

—Sí, gracias. Perdóname Dolores. Yo no sabía…

—No hablemos más de eso. Tome su guarapo, le dijo pasándole la totuma.

Manuel bebió en silencio y se marchó en seguida. Al paso de su caballo, por la llanura solitaria. Pero ahora sabía por qué iba a luchar. [39]

Un hombre indeciso

El agua no cesaba de golpear el cristal de la ventana. No va a acabar nunca musitó Berna a media voz, mientras sus ojos volvían a clavarse [39] en el papel cuadriculado. Raíces cuadradas, guarismos inmensos al lado de cifras diminutas trazadas cuidadosamente en la hoja, sin lograr ninguna relación en su cerebro, ahora abstraído en las gotas de agua deslizándose en el vidrio. Como si esa mañana su sistema mental, su organismo entero solo fuera capaz de ser impresionado por las cosas triviales que hoy adquirían en su cerebro una importancia extraordinaria.

Riing… riing… El ruido del teléfono abrió un hueco en su plácida abstracción por donde entraron todos los ruidos de la calle, reintegrándolo al ritmo suburbano.

Aló… No. Este es el 23714. Los números adquirían en el auricular una resonancia profunda. Debía ser una persona muy gruesa —pensó— quien llamaba con tanta gravedad.

No. No es aquí. La voz fastidiada rezongó algo al otro extremo de la línea. Berna colgó el auricular.

Decididamente hoy tampoco podría trabajar. Cuando estaba más dedicado a su aburrimiento, tenía que venir alguien a unir lo cabos que lo ataban al mundo exterior. Sin embargo no era esto precisamente lo que más le preocupaba. Cuando sonó el teléfono el corazón le había saltado inesperadamente a la boca, sorprendiéndolo con [40] una rara inquietud, sin que él hubiera podido presentir esta nueva sensación, precisamente hoy día en que esperaba la cuotidiana llamada telefónica.

Las diez y treinta y siete. Tenía tiempo suficiente para pensar en la raíz cuadrada de 23714 (ese era el número de su teléfono que había estropeado la voz del hombre gordo), si antes no venía alguien a fastidiarlo. No, 23714 no es el número al que debo extraerle el secreto de su origen, la intimidad de su cuadrado. Notó con disgusto que no podía fijar la atención con la seguridad necesaria para resolver un fácil problema matemático. Sí, le era imposible extraerle la raíz cuadrada a un rebaño de diez y siete cifras amenazantes, desparramadas en el papel como si se hubieran echado a rodar. Mirarlas le rompía su armonía interior, hasta hacerle confundir puerilmente una cifra escrita con el número de su teléfono memorizado por el hombre de la voz gruesa. Decidió entonces hundirse en la modorra de su mañana lluviosa, así sonaran todos los timbres del bloque de departamentos. No contestaría. Era la única manera de librarse del túnel oscuro de la calle para entregarse ordenadamente a su sosegado aburrimiento, sin trajes chillones, voces gruesas, ni bocinas estridentes. Pero entonces [41]—recordó de pronto— no podría ver a Patricia ni terminar su problema de analítica, aunque comprendía que en el estado en que se hallaba ella podría pasar completamente inadvertida a través de sus desleídos pensamientos. No obstante, su esfuerzo mental era infructuoso. Le era imposible olvidarla. El solo nombre se bastaba a sí mismo para defenderse del olvido a que Berna pensaba someterla. Al deletrear las iniciales —P… A… T… R…— volvía a escuchar rompiéndole los oídos la voz airada de la muchacha la noche anterior.

—Aló… ¡Hola pequeña! No… no puedo. Lo siento mucho pero hoy no puede ser… Sí, estoy muy ocupado.

Se había negado a acompañarla. Había mucho trabajo en la oficina.

La voz de ella volvió a sonar rápida, incisiva. Debía estar furiosa. Berna no pudo hacer más que resistirse, afirmándose en su decisión.

—Por favor, trata de entender. Me es imposible.

—Tenía tantos planes contigo para esta tarde… agregó ella muy quedo.

—Sí… ya sé. Esa horrible comida de Bianchi… vino dulce… tus amigos del grill… maravilloso [42] —recitó él con sarcasmo…— Si al menos hablaran de algo interesante.

—No te gusta salir conmigo —rezongó ella irritada— todo lo mío lo encuentras mal.

—Tú tienes la culpa por frecuentar ese círculo asfixiante de zánganos sociales.

—Yo… siempre yo… mis amistades… mi ambiente —agregó ella quejosa y luego con marcada ironía: —¿Te gustaría un sitio discreto, donde pudieras flirtear con las camareras?

—Me ofendes —además tú sabes que eso no es verdad.

—Si… amas a otra.

—No seas injusta. Me desesperas con tus celos.

—Porque no me quieres, no es eso. —Bernabé podía oír claramente los sollozos dividiendo las palabras. No respondió. Odiaba sus estúpidos celos. Al fin pudo decirle:

—Eres desesperante. Ya te dije que…

—Sí, sé lo que vas a decirme —le interrumpió ella— que soy la única. Ya te lo he oído muchas veces.

Berna continuaba silencioso pegado al auricular, preguntándose entretanto por qué amaba a Patricia. Era tan difícil.

—¿Me estás oyendo? —la voz de la muchacha suponía una tristeza total. [43]

—Demasiado bien. —Berna sintió necesidad de acabar esta conversación inútil.

—No quieres oírme… ni te gusta que te llame, ¿verdad?

—¡Oh!, volvemos otra vez…

—Di que me quieres —insinuó ella suplicante.

—Es inútil. No me creerías.

Bernabé estaba muy cansado.

—¡Oh no! Dímelo, por favor. Te lo ruego.

Él ya no la oía. Ni quería oírla. Sus pensamientos estaban en otra parte. Se enredaban en las cosas pequeñas, giraban en un universo trivial, descomplicado, demasiado íntimo, que ella estaba violando con sus celos estúpidos.

—Ya no me quie —insistía ella mezclando sollozos y palabras—, res… ¿Verdad?

—Por qué eres imposible Patricia. No puedo entenderte.

—Está bien. No volveré a llamarte…

—Haz lo que quieras (puede ser lo mejor).

Colgó. No habría podido evitarlo, aunque lo hubiera deseado. El cansancio le relajaba los músculos estirándole los párpados cansados. Por entre esta delgada cortina apenas vislumbró una masa semi blanca sin lograr precisar el contorno de los objetos cambiantes que giraban frente a sus ojos. ¡Patricia! Al fin se había librado de su [44] tenaza sensual. Ahora le parecía que todo estaba mejor, mientras él estaba ahí sentado, al margen del tiempo, semidormido, bamboleándose en la silla y olvidándose del mundo y de Patricia. Un frío repentino le hizo sacudirse alarmado. Abrió los ojos. Su frente descansaba en el vidrio helado. Pudo contemplar entonces el vapor de agua cubriendo totalmente el cristal. ¿Habría cesado la lluvia? Instintivamente miró el reloj. 10.39. Sí. ¡Ciento veinte segundos pensando en Patricia!

Riing… Riiing… El sonido agudo acabó de despertarlo, mientras el nombre de ella se le atravesó en la garganta. Furioso agarró la bocina. Podría ser ella. Ya iba a levantar el auricular cuando observó que el sonido no correspondía al acento peculiar del aparato telefónico. Era el timbre de la calle. Menos mal… El cartero, tal vez el encargado de la luz u otro cualquiera. No tiene importancia. Quien quiera que sea el intruso, es mejor que estar solo respondiendo imaginarias llamadas de Patricia. El timbre repitió su impaciente llamada. 10.39-1/2. Berna trató de adivinar quien era la persona que a esa hora venía a restarle intimidad al amable mundo que hacía un instante lo rodeaba. Decidió abrir. Así lo sabría de una vez. Trató de erguirse, pero comprobó alarmado que persistía el cansancio dominante. Esforzándose [45] por acercarse llegó tambaleando a la puerta (no volveré a tomar barbitúricos para dormir). La mano saltó hacia el picaporte para retroceder casi enseguida. Ella estaba allí, dibujada contra la puerta, como una tela antigua enmarcada en caoba, luciendo un elegante sastre rojo. La mano de Berna apretó nerviosa el pomo de la cerradura, mientras la miraba sorprendido sin resolverse a abrir la boca. Al fin pudo decirle, como si siempre la hubiera conocido:

—Hola, buenos días. —Berna quiso sonreír sin lograrlo, pero la invitó a seguir con un gesto de la mano.

—Perdóneme, me he equivocado dijo ella confundida.

El movimiento que hizo para retirarse se deshizo cuando Berna cogiéndola del brazo le dijo muy despacio:

—Entre hágame el favor. Llueve muy fuerte. La muchacha vacilaba.

—No -dió un paso hacia afuera con la cara encarnada por la confusión— pero no es usted la persona a quien busco.

—No es necesario —replicó él cerrando la puerta—…, yo tampoco la esperaba… y sin embargo me agrada que haya venido.

Berna se sorprendió de la pasmosa seguridad [46] con que había pronunciado estas últimas palabras. ¿Tal vez él estaría evolucionando? Este pensamiento le hizo fruncir el entrecejo. Intuía sí que algo había cambiado en él o estaba próximo a cambiar esa mañana, porque a pesar de comprender que la presencia de la muchacha alteraba el orden riguroso de su rutinario aburrimiento, viéndole ahora ahí al frente, casi le agradaba su presencia jovial, sin que él se sintiera capaz de delimitar el alcance de esta nueva impresión afectiva.

—Creo que siempre la he esperado —agregó con acento confidencial, deseoso de inspirarle confianza.

Ella permanecía silenciosa, con la frente inclinada hacia la ventana, mientras sonreía furtivamente. Poco a poco se volvió hacia Berna y dijo con voz todavía indecisa que a él le pareció haber oído siempre: —No estaría bien.

“No estaría bien”. Las palabras de la muchacha le parecieron desagradablemente familiares. Conducido por sus recuerdos inconexos, se encontró de repente sentado en medio de amigas de Patricia. Hizo un esfuerzo deseoso de olvidar y se atrevió a sugerir:

—Podríamos tomar un poco de café. —Casi enseguida [47] agregó, afanado para ser más convincente:

—Hace mucho frío ahí afuera.

La muchacha dejó de mirar las gotas rezagadas que caían insistentes sobre la calzada, volviéndose hacia él:

—Está bien. Pero sólo me quedaré un momento. Se arregló la falda y agregó satisfecha: —No está mal el café para celebrar el habernos conocido.

—Siéntese. Voy a prepararlo.

—Déjeme ayudarle —insinuó ella despojándose del saco.

Berna sintió arder su cara, cuando ella inclinándose hacia él le rozó el rostro con el brazo desnudo. Lucía muy bien con el pelo sobre la frente. En cuclillas, uno junto al otro bregando por encontrar las conexiones eléctricas de la estufa de gas, sus manos tropezaron descuidadamente. Ella la retiró aprisa. Bernabé la miró despacio. La cara bien delineada, simpática. Bonita no, pero… Él no acertaba a definir esa hermosa plenitud conjugada en el rostro y en las manos. Era una deliciosa vitalidad lo que se desprendía de la muchacha. ¡Sí! Delicada. Eso es. Se sonrió triunfante, feliz por haber hallado el adjetivo adecuado. [48]

—¿Más azúcar?

La alegría le entorpecía sus movimientos. Solo se le ocurrió ofrecerle una segunda taza de café.

—Suficiente, gracias.

—Es muy fácil. Yo mismo lo preparo en la estufa.

Quería ser simpático, natural, sin lograrlo. Berna se dió cuenta de ello con gran disgusto suyo. ¿Qué pensaría ella? No podía hablar sin mirarla, como si ella fuera un objeto de lujo que pensara adquirir. Ella se dió vuelta, observando fastidiada el minucioso examen a que era sometida. Sentía los ojos de Bernabé debajo de la barbilla, en el cuello, muy próximos a los senos temblorosos. Desconcertada quiso decir algo para ocultar su turbación. Antes que encontrara las palabras exactas, la voz de él vino a ayudarla.

—Usted quizá no me entienda ahora, pero me agrada que haya venido… Sí… presiento que va a decirme… que fue una casualidad… lo sé. Eso no cuenta ahora… la verdad es que me agrada estar aquí contigo.

La voz de Bernabé tenía un matiz diferente, como si la sola turbación de la muchacha, le comunicara una secreta energía, un aliento vital insospechado.

—No sea tonto. [49]

Una mujer diferente, totalmente desconocida apareció delante de Berna. Estaba radiante. Ni una sombra de los temores anteriores velaba su rostro. Él se le acercó y enlazándola por el talle la besó en la nuca. Le pareció que era lo mejor que podía hacer. La muchacha se resistió al principio y de repente con un rápido movimiento le tomó el rostro entre las manos y le exprimió los labios en un beso profundo.

Berna quedó desconcertado. Ella se deshizo rápidamente de sus brazos y cogió el bolso. Se puso el saco en silencio, sin atreverse a mirarlo.

—No, no se vaya todavía.

La muchacha lo miró severamente. Berna se sintió apenado. Fue una sensación repentina que espontáneamente ascendió desde su corazón, envolviéndolo en una penosa atmósfera de arrepentimiento. Ella continuaba arreglándose en medio de la habitación, sin decirle nada. Berna sentía la necesidad de una voz cualquiera que le hablase, que le dijese algo, para recobrar su destruida serenidad. Nunca antes había sentido esta sensación de culpa, de empequeñecimiento absoluto ante lo realizado. El silencio de la muchacha hacía más embarazosa su pobre situación.

—Ya es tarde. Debo irme.

Él no la oyó. Miraba el teléfono completamente [50]

abstraído, dominado por una sola idea. Sí. Patricia podría llamarlo. Una mueca de disgusto le descompuso el rostro inexpresivo. Nó, ésta no debía irse… ¿y si ella viniera a buscarlo? En ese instante sería capaz de decírselo todo. De contarle que había estado con otra. ¿Quién sabe? La duda, la incertidumbre de todos los días apagaba su transitoria alegría. Solo sabía que tenía necesidad imperiosa de confesarle a alguien sus temores. ¡No, eso no! Sentía vergüenza o miedo ante el solo enunciado de esta idea. Entre tanto su imaginación giraba angustiada, tratando de encontrar un pretexto para retener la muchacha del vestido rojo y alejar el inoportuno recuerdo de Patricia. A pesar de lo de ayer —pensó dolorido.

Visiblemente intranquila la muchacha lo miró conmovida creyendo ser el objeto de su preocupación.

—No he debido aceptar su invitación… Usted espera a alguien y lo lo he echado todo a perder.

—Tranquilícese, no es eso. Tenemos mucho tiempo. Son las once y treinta y nueve. (¿Pero ha transcurrido tanto tiempo?) Rápidamente hizo el cálculo mental: 59 1/2 minutos dialogando con una desconocida.

—Su novia, ¿no es cierto? —dijo ella mirando [51] el pequeño retrato de Patricia sobre el escritorio.

—Sí —y agregó muy rápido queriendo corregir su indiscreción: —no hablemos de eso ahora.

—Pero está usted pensativo…

—Quizá pensaba en “usted…”

Habló con firmeza, acentuando el “usted” a sabiendas de que mentía deliberadamente. Le molestaba reconocerlo, a pesar de que ella no pareció concederle importancia a su mentira cortés, igual que si el retrato fuera de su hermana o su nodriza.

El sonido prolongado del teléfono lo reintegró a la realidad. Seguro que era Patricia.

—Hola… —la voz era insinuante— Berna, que tonta fui. Perdóname… pero no puedo separarme de tu recuerdo… ¿Verdad que me perdonas?

Berna se sintió extraño a sí mismo. Hablaba con una convicción desconocida, que dadas sus repulsiones anteriores, él mismo no podía entender. Como si la voz que respondía no fuera la suya, la misma que usaba en todos sus actos cuotidianos. Pero en realidad, lo que más le dolía no era sentirse incapaz de descifrar esta rara transformación operada en la compleja urdimbre de sus afectos, sino sentirse nuevamente a merced de las cálidas insinuaciones de esa voz modulada con [52] amoroso diapasón, que ahora adquiría en sus oídos ardorosas resonancias de trasmundo. ¡Uhh! Un frío intenso atravesó su espina dorsal. Sintió deseos de gritar o de correr. Había tropezado con el cable del teléfono. Cuando vió el aparato tirado en el suelo se sintió un poco mejor. El hilo delgado, enredado en su cuello, le había irritado los nervios. Ya más sereno, sus ojos dieron vuelta por la habitación. Ella no estaba. En su lugar, sus ojos tropezaron con un guante rojo, descuidadamente abandonado sobre la mesa. Se había ido. Desesperado se abalanzó sobre él y lo estrechó contra su pecho. La angustia le dividía el corazón. Como si en su estructura afectiva algo se hubiera derrumbado definitivamente, dejando su vida sin soporte. Sí. Esa mañana, una sombra incorpórea pero sustancial y definitiva, incidía agresivamente en su existencia, sin que su razón fuera capaz de desmenuzar la incógnita dolorosa que le ocultaba la verdad de su destino. Ahora más que nunca palpaba la certeza de esta indecisión sin nombre, siempre presente bajo un mismo denominador; el del renunciamiento. Pasivamente aceptaba que no quería luchar. Que su voluntad se negaba a batallar, aún por esta nueva pero hermosa desviación de sus afectos inconsistentes concretados en su extraña visitante, hasta el extremo [53] de sentirse casi satisfecho de esta odiosa, pero descansada postura de su vida, curvada por el renunciamiento.

Ya el guante rojo no sería más que un recuerdo, mustio como un aroma olvidado. (¿El guante rojo he dicho? Si yo escribiera lo que pienso no me torturarían estas dudas). Junto a esta idea, saltó a su memoria el rostro amado de su desconocida, salpicado de pecas imperceptibles en la nariz —recordaba haber visto las manchitas oscuras cuando la había besado—. Una sonrisa floja le cruzó los labios, mientras miraba el reloj. El mismo cansancio anterior le instaba a no pensar, a olvidarse de guantes, ideas, recuerdos o rostros cuotidianos. Sin proponérselo sus ojos encontraron la bocina abandonada. Recordó entonces que alguien esperaba al otro lado de la línea. Resueltamente empuñó el auricular.

—Hola Patricia… Si… estaba distraído… no es nada… Un recuerdo… no tiene importancia…

– ¿…?

—No seas tonta… Claro que te quiero… ¿A las doce? Está bien. Hasta luego.

La mirada de Berna se perdió más allá de la ventana.

Ahora todo le parecía más claro. Comprendía [54] sin esfuerzo alguno la amarga simplicidad de su ecuación vital.

¿Patricia? Jamás podría quererla, pero tampoco se sentía con fuerzas para luchar contra ella. Como le ocurría con tantas otras cosas. En ella o en su desconocida, podría amar a todas las mujeres. Le era igual. ¿Y el guante rojo? Apenas la forma sublimada de su angustia.

Una lluvia de ceniza caía sobre su corazón. Pero podía pensar… en la raíz cuadrada de 23714 (por ejemplo)… No… ese no es el número. Miró el reloj. Las 11.43… El tiempo justo para buscar a Patricia.[55]

Los celos divididos

El bus-trolley arrancó bruscamente, mientras innumerables rostros lo miraron partir llenos de disgusto. Los que lograron subir, apretujados en la puerta, pugnaban por llegar primero al fondo del vehículo. Ofelia de Borja, apenas levantó los ojos de la página del libro. Pensaba en otras cosas para preocuparse de ellos. En ese instante nada podían interesarle los sufrimientos o alegrías de los demás. Le era suficiente su propia desazón. Sus ojos cansados volvieron a caer sobre la página 37. “Ahora que el sol pegado a la pulida [55] superficie de la escafandra se fugaba hacia lo oscuro, se perdía para él la claridad y con ella llegaba la angustia. Como una rata…” Tuvo que interrumpirse. Era inútil. Por más que lo deseaba no podía interesarse en la lectura. Su inquietud, desviaba sus pensamientos de la página del libro para llevarla hacia Damián. Desde que subió al bus, siete veces había comenzado el mismo párrafo y siete veces había tenido que detenerse. Cuando llegaba a “como una rata” sentía invencible necesidad de pensar en él, de estar cerca de Damián aunque fuera por medio de sus pensamientos. ¡Se encontraba tan sola! “Yo debo tener la culpa” pensó fastidiada. Le dolían todos estos días de angustia cuotidiana. El bus pasó resoplando frente a la iglesia e instantáneamente se acordó del anillo de bodas que él le había regalado. “Te desposaré con el anillo de Saturno”. Ahora todo eso estaba muy lejos. Pertenecía a una época que ni siquiera le era dado recordar. “Creí tenerlo todo y ni siquiera lo tengo a él. ¿Por qué seremos tan tontas las mujeres?” El sollozo se le atravesó en la garganta llegando a la boca sólo una sonrisa mecánica. Como le dolía ahora su vida anterior. Y ni siquiera podía llorar.

Ahora que el sol —“tiene que estar en la oficina, mirando a la dactilógrafa”— pegado a la superficie [56] de la escafandra —“estará enamorada de él… a mí me ocurrió lo mismo. Me impresionó su ingenua seriedad. Tiene una manera tan distinta de hacer el amor, que una se siente intrigada. Primero curiosidad… luego… Ofelia suspiró al recordar. “Él es diferente… Sus amigos tienen un atractivo extraño… un misterio personal que la deja a una desconcertada. En fin, son distintos también. Ni siquiera se pueden definir. Por eso él es distinto, tiene que ser distinto”.

—Perdón señora, ¿quizá este libro es suyo? —La voz amable, gratamente modulada cortó sus fríos pensamientos.

La señora de Borja volvió el rostro. Una mujer joven le entregó el volumen cuidadosamente encuadernado.

—Sí. Gracias. Me hubiera dolido perderlo. —Ofelia era sincera. Amaba las cosas de su marido tanto como a él mismo.

—Tiene razón. Borja es un excelente escritor —dijo la muchacha con aire de suficiencia.

Las palabras de su hermosa interlocutora, sorprendieron a la señora de Borja. Hasta sintió curiosidad. Jamás pensó que Damián fuese un autor del agrado de las mujeres. Se lo diré tan pronto [57] llegue. Y esta es agradable. Parece distinguida, pensó. Intrigada se atrevió a preguntarle.

—¿Le conoce usted?

—Es difícil conocer a los hombres, pero…

—… pero si le conoce, ¿no es verdad? —agregó vivamente la señora de Borja. La otra no se ; inmutó. Le respondí muy seria:

—Veo que le interesa lo que yo pueda decirle. Sí. Creo que le conozco desde que empezó su carrera literaria. Es un hombre interesante. —Hizo una pausa para mirar a la señora de Borja y continuó: —Pero hace bastante que he dejado de verle.

Ofelia descansó. Había escuchado atenta, temerosa de oír una dolorosa revelación. Ahora se sentía holgada. Le parecía que a ella también le alcanzaban las palabras elogiosas. “Es un hombre interesante”. Le habló con mucha amabilidad:

—Estoy segura que a él le gustaría volver a verla.

Un pliegue imperceptible se pronunció en la hermosa frente de la muchacha. Ofelia le dijo:

—¿Luego no es Ud. su amiga?

—Pudiera ser… ¿Pero por qué esa seguridad?

Ofelia comprendió que estaba yendo demasiado lejos y resolvió retroceder.

—No es seguridad, es intuición tal vez. Pero [58] me parece que si Damián es amigo de alguien le gustaría volver a estar con él.

—Me halaga de veras, aunque no veo la razón.

—Usted no es como las demás… —No pudo continuar. Volvía a pensar en Damián y en su mundo interior. En ese tinglado desconocido donde se había desarrollado la vida de su esposo entre gentes como esta. Eso era lo que ella hubiera deseado averiguar.

—Prosiga por favor.

—Es tonto. No sabría decirlo. Además —agregó suspirando—, ni siquiera nos conocemos… perdón, no me conoce usted.

—¿Importa eso?

—Para que Ud. justifique mi impertinente curiosidad, sí.

Al oír esto la muchacha exclamó riendo.

—Entonces le diré. Acaba Ud. de conocer a Marta. Marta Valdés, una amiga y compañera de Borja.

A Ofelia no le extrañó esta declaración. Lo había presentido desde el comienzo. Nadie más que ella podía ser amiga de Damián.

—Yo soy su mujer, Ofelia de Borja.

—Debí imaginármelo. Qué torpe soy…

—Siempre he deseado conocer a sus amigos. A Ud. por ejemplo la hubiera reconocido entre mil. [59]

—¿Por qué? No poseo ningún atractivo especial…

—Quién sabe… Es muy guapa… Además Damián me ha hablado de Ud. —La voz de Ofelia había cambiado. Ahora tenía un acento quejumbroso que no dejó de producirle alguna inquietud a Marta Valdés. Si estuviera Ofelia pensando que ella… no. Simplemente se preocupaba por las cosas de su marido. Ella en su lugar obraría igual. Se sonrió porque recordó que una vez se había negado a ser la esposa de Damián. Eso no podía ser. Como amante tal vez lo hubiera aceptado —él nunca lo intentó—. Así era distinto.

—Debe ir a vernos cualquier día. Me gustaría muchísimo.

—Gracias. No lo olvidaré. —Qué amable la mujer de Damián. Deben ser felices, pensó Marta.

En cambio Ofelia sentía una emoción desconocida, mezcla de alegría y temor a la vez. Marta empezaba a preocuparla. Desde que se la había oído nombrar a su marido, quería conocerla. La cara que pondrá Damián cuando sepa que soy amiga de ella! Ofelia sonrió satisfecha, sin saber que motivo especial la arrastraba hacia Marta. ¿Su marido? Sí. Posiblemente quería sentirse más cerca de Damián a través de esta mujer. Deseaba conocer la vida de su esposo, sus gustos, [60] sus reacciones íntimas, absolutamente personales con la inesperada ayuda de Marta. Así podría quererlo mejor, comprenderlo mejor, tenerlo para ella. Le parecía que cerca de su nueva amiga se le olvidaban sus diarias preocupaciones, hasta el punto de sentirse más dueña de su propia persona y más próxima también a los otros seres, esos seres extraños, –para ella enigmáticos— habitantes habituales del universo desconocido de Damián. Junto a ella se le despertaba un inmenso deseo de saber de esa multitud de rostros fatigados, pertenecientes a cuerpos anónimos quizá amigos —como Marta— de su marido. Pensó esto y sintió fastidio, frenando instantáneamente el itinerario de sus pensamientos. Que todo el mundo sea amigo de mi marido, no. Ellos me lo han quitado, me lo están quitando… Damián es mío, nada más que mío. Luego reflexionó y comprendió en medio de su disgusto que esto no era cierto, que jamás había sido verdad por más que se esforzara en repetírselo ella misma y volvió a sentir deseos de llorar. Además, ¿por qué ha de ser mío exclusivamente? Él se debe a sus semejantes, al ámbito social que lo rodea y que él recrea y reconstruye al pasarlo por el tamiz de su talento, para devolverlo a gentes como estas que ahora luchan por acomodarse dentro del bus. Sí. Soy [61] una tonta… ¡Desearía no quererlo tanto! Damián se reiría de mí, si pudiera leer mis pensamientos.

El bus frenó con estrépito. Marta había oprimido el timbre. Las dos mujeres se pusieron de pie. —Seguramente bajará en la 34— pensó Ofelia. Puede ser que vivamos cerca. Así no tendrá pretextos para no ir a visitarme. Sí. Nos bajamos en la misma diagonal.

—Creo que vivimos cerca también, —dijo Ofelia, ya en la calzada.

—Otra coincidencia afortunada, para mí, contestó Marta obsequiosa

—Razón de más para que me acompañe ahora mismo a mi casa. No tiene Ud. excusa, —le respondió Ofelia sonriente.

El tono era demasiado insinuante, así que Marta no pudo negarse. Se sintió envuelta en la misma atmósfera cordial que Ofelia creaba a su alrededor.

Ambas rieron mientras bajaban por la amplia avenida, aunque Ofelia no compartía totalmente
el juvenil entusiasmo de la otra. Estaba triste. Grave y sonriente al mismo tiempo, preocupada por amargos pensamientos, porque a medida que conversaban, comprendía porque Marta era amiga de Damián. El mismo magnetismo, la misma [62] secreta corriente vital que animaba la vida de Damián, estaba presente y rediviva en el gesto jovial y en los ademanes desenvueltos de la otra. Ella también era distinta, diferente a ella. Sintió un poco de envidia. Envidia y algo doloroso que agujereaba su carne, punzándole allá dentro, en el centro de sus afectos. No. No eran celos. Ojalá no sean celos. La súplica le salió desde el fondo de su corazón. Era que esta penosa sensación de debilidad que la envolvía desde que él la había besado cuando saltó de la cama, parecía acentuarse junto a Marta. Como si ella viniera a reclamarle algo que le pertenecía, que siempre había sido suyo y que ella era incapaz de regatearle.

—Ya llegamos. Esta es “mi casa”.

Marta volvió a mirarla intrigada, porque Ofelia dijo “mi casa” con un acento casi desafiante, como queriendo insistir en su derecho de propiedad. Sin darle importancia a la intención de las palabras, Marta se quedó mirando el pequeño chalet.

—Es preciosa —dijo al fin.

—Espero que le guste.

—Cómo no ha de gustarme… —se interrumpió para continuar entusiasmada: —Damián siempre quiso una casa como esta. Me lo dijo muchas [63]
veces… Si hasta la describe en una de sus obras.

Ofelia la oyó en silencio. Recordó que no haba leído ninguno de sus libros, hasta hoy que para distraerse se le ocurrió intentarlo en el bus y sintió miedo de Marta. Tampoco le gustaba la casa. Demasiado pequeña. Ella hubiera querido una casa grande, con un gran pórtico de mármol, amplios salones, arañas, una capillita y… muchos niños. —Ofelia se puso colorada—. Pobre Damián… gana tan poco. Bastante me lo dijeron mis amigas… Sonrió al evocar estas cosas. Ella lo quería así. Lo amaba con una fuerza de que solo ella era capaz. Aunque no le hablara ni le contara sus proyectos. Le bastaba con tenerlo a su lado, sentado en el gran sofá, frente al retrato del abuelo, sin que él le dijera nada, como si estuviera completamente solo y ella no fuera más que un elemento del decorado, otro mueble del salón.

—Mira este es el salón predilecto de Damián. Aquí, donde está más raída la tela se sienta todas las noches y aquí… —Una sombra de tristeza le veló el rostro. Marta no observó el cambio. De espaldas a Ofelia examinaba las cortinas—… ¡Si ahí, al lado de Damián se sentaba ella a mirarlo, humilde, sumisa, huérfana de amor! [64]

—Es muy agradable el aposento… y qué bellas cortinas —dijo Marta, mientras observaba todos los objetos con infantil curiosidad.

—De veras le gustan… —Quiso decir que las había bordado ella misma, pero no se sintió capaz. Estaba nerviosa. Triste y desolada con sus pequeñas amarguras. El pensamiento de que ella sorprendiera la raíz de sus temores, hacía más densa su oscura soledad. Si Marta lo supiera, seguramente le tendría compasión. Y Ofelia no quería consuelos de nadie. Menos de ella. Sólo quería que la amaran, sentirse protegida en su angustiosa debilidad. En ese instante le hacía falta alguien que fuera capaz de consolarla, pero que no fuera importante sino simple e ingenua como ella misma. Por eso no había querido irse a vivir a casa de sus abuelos; tenía la impresión de que las casas grandes, las personas interesantes y hasta los mismos libros de su marido, podrían alejarla de él. Hacer más ancha esa valla impersonal que los mantenía distanciados y que hoy junto a Marta adquirió definidas proporciones. Ahora se dolía del momento en que la había conocido. Lamentaba haberla invitado, tenerla ahí, junto a ella. En ese instante tenía miedo de Marta, de la casa, de los amigos, y por sobre todas las cosas, temía el pasado de Damián. El pasado le estaba [65] robando su marido, al otro Damián, al bueno y amante, distinto al que era amigo de Marta y con el cual ella había soñado siempre desde el día de su boda.
El ruido de la llave en la cerradura, la reanimó un poco. Podía ser él. Ahora se encontraría menos sola porque ya en Marta no veía sino la comprobación de su tragedia. Una marejada caliente ascendió por sus venas, cuando lo vió en el pasillo. Alivio y curiosidad al mismo tiempo. El té estaba servido. Mejor. Así lo tomarían los tres juntos —pensó Ofelia.

Apenas las vió se le iluminó el rostro.

—Querido, tienes una visita encantadora.

Ambas se precipitaron en sus brazos, sin pensarlo.

—Pero muchacha, que… —dijo Damián estrechándolas al tiempo y dirigiéndose a Marta. Estaba confundido, trastornado…— si te hacía en Europa… —exclamó al fin riendo como un niño.

—Sí pero llegué hace diez días. ¿Cómo me encuentras ?

—Guapísima, siempre serás maravillosa… Pero vamos a sentarnos.

Colgadas de los brazos de Damián, entraron al, [66] comedor. Este besó a Ofelia. Lo había olvidado. Tan contento estaba.

—Creí que no ibas a regresar nunca, —dijo Damián mirando a Marta.

—Pues aquí me tienes. La misma que conociste hace tanto.

—Ya lo veo sin creerlo. —Luego agregó riendo todavía mientras Ofelia observaba silenciosa la desbordante alegría de su marido con el corazón en medio de la boca. —Aquí todo es distinto. Hasta la ciudad ha cambiado. Te fuiste y nuestro grupo, el mundillo que tú animabas se disolvió… Viajé, me casé… No me quedan sino recuerdos, papeles, algunos libros y… —le brillaron los ojos…— un vaso roto.

Marta no pudo contenerse y dió amplio paso a su risa. —Espera —le dijo. Fue hasta el salón y regresó con su bolso del cual extrajo una fotografía que pasó, riendo todavía, a la esposa de Damián. Este explicó:

—Fue cuando publiqué mi primer libro. Me dieron una comida y después del ofrecimiento, Marta quiso abrazarme antes que los demás. En su afán soltó el vaso y…

—…y no lo olvidan Uds. nunca, ¿verdad?

Marta y Damián se miraron satisfechos, sin percibir la irónica sugerencia deslizada en las palabras [67] de Ofelia. Esta sintió pena. Se dio cuenta de su imprudencia y tuvo vergüenza de lo que había dicho. Se creía culpable a los ojos de Damián. La sangre huyó de su rostro, golpeándole el corazón.

—Ofelia te estás poniendo pálida.

—No es nada, quizá un poco de frío. —Era verdad. Sentía frío en su vida, un frío intenso, cortante, que congelaba sus ingenuas aspiraciones de mujer…

Ellos siguieron conversando mientras ella los oía en silencio, absorta en la contemplación mental de rostros, objetos y paisajes, que de repente desembocaban en su memoria recordándole su vida de soltera que comparó con esta su otra vida al lado de Damián, sin darse cuenta de lo que hacían ellos allá en el extremo del salón. Sabía sí, que empezaba a odiar a Marta porque este Damián sonriente y jovial que estaba delante de ella ya no era el mismo. Se había transformado en otro absolutamente distinto por obra y gracia de una mujer que no era ella. Sabía también que él le era infiel con muchísimas mujeres, pero jamás sintió celos ni envidia de sus amantes. Estaba segura de su superioridad, de su cuerpo, de su belleza. ¿Por qué preocuparse? Quien debía sentir pena y asco era él. ¿Pero ahora? ¿Estaba sorprendida [68] y desarmada por esta nueva modalidad de su amor desesperado y excluyente por Damián? Si. Sentía celos de su pasado, celos de su vida anterior de la cual Marta era una imagen exacta. Más todavía. Sentía ira violenta contra todo lo que Marta representaba, porque sabía que “eso”, no le pertenecía, que no podía pertenecerle nunca. Ira y celos. Celos y odio. Se dio cuenta que siempre había odiado sus amigos, sus novelas, sus pipas, toda su vida hasta el día de su boda y se increpó a sí misma por su absurda ingenuidad. Si Marta y… un vaso roto, eran los dos hitos que delimitaban el mundo que los había separado siempre, y tenía que ser ella quien había de venir a revelárselo. Otra vez tenía ganas de llorar, pero violentó sus párpados como tantas otras veces para esconder las lágrimas. No podía llorar delante de ellos. Mirarían sus lágrimas tontas sin comprender la amargura que rezumaba su corazón. Ellos pertenecen a otra atmósfera de la cual yo estaré siempre excluida —concluyó Ofelia.

La risa de Damián la devolvió a la realidad, separándola por un instante del cruel análisis de su tortura.

—Vamos querida… Marta querrá descansar en el salón.

—Damián, debíamos celebrar este encuentro [69] con Marta… Whisky, ¿qué dices ? —Después de que habló así, se sorprendió ella misma. No supo por qué se le había ocurrido esta idea que le parecía salvadora. En todo caso se sentía mejor, como si de pronto se hubiera olvidado de todos sus temores, así que decidió dejarse guiar por su propia intuición.

—Eres un ángel, querida —le respondió él. Luego le dijo a Marta: —Estoy orgulloso de mi mujer.

Ofelia primero sintió deseos de pegarle, después lo disculpó en silencio. El no tenía la culpa. Lo absolvió porque de repente se dió cuenta que si quería tenerlo, tenía que conquistarlo. Igual que habían hecho Marta y los otros. Aunque fuera empleando sus mismos métodos. Tendría que luchar. No sabía cómo pero iba a luchar.

—¿Soda? —dijo llenando los vasos.

—De ningún modo, ¿verdad Marta? —La muchacha asintió complacida, diciéndole mientras le cogía la barbilla: —¡Ah, con que no te has olvidado ! Eres el mismo niño incorregible…

Ofelia creyó que iba a morirse, pero se sobrepuso a los celos desafiantes. Jamás había visto a Damián beber el Whisky sin soda, al menos desde que ella lo había conocido. Y ella le había cogido la barbilla. Esto ya era insoportable.[70]

Los vagidos del niño se oyeron en toda la casa. Ofelia corrió hacia la escalera. El vaso de Damián quedó intacto sobre la mesa.

—Por nuestro encuentro —dijo Marta, pero no alcanzó a levantar el vaso.

Damián ya no estaba junto a ella. Esperaba intranquilo en el descanso de la escalera. Cuando Ofelia bajó con el pequeño, Damián se sintió mejor. Entonces le dijo a Marta:
—Perdóname, me había olvidado… —Enseguida quitó al hijo de los brazos de la madre y se alejó con él por la escalera.
—Acompaña a Marta hasta su casa. El chofer aguarda afuera con el carro. Hizo una pausa para agregar desde la puerta de la alcoba: —Buenas noches, Marta y no dejes de volver.

Ofelia sonrió con amargura. Ahora sabía que solo el hijo podría acercarla a Damián. Que era lo único suyo que le pertenecía.

Salieron. El motor estaba ya encendido. Ofelia buscó su pañuelo en la oscuridad. [71]

El pavo degollado

La luneta del teatro estaba completamente colmada. Solo en los palcos había algunos claros. Diana volvió a mirar el primer asiento de la tercera [71] fila. Como de costumbre estaba vacío. Es demasiado temprano aún. Hasta tendría tiempo de fumarme un cigarrillo —murmuró cansada. Abrió un poco más los pliegues del telón y miró hacia afuera. La butaca de la tercera fila continuaba solitaria. No sabía por qué la preocupaba este detalle. Desde que lo había conocido, él siempre se sentaba ahí. De esto hacía ya mucho tiempo. Debería estar acostumbrado. Diana suspiró, mientras encendía un Abdulla. ¿Lista? Ya es la hora —le dijo el empresario. Diana asintió nerviosa, con un movimiento de cabeza. Quería terminar pronto. Cuanto antes mejor. Este sería su último concierto.

Una atronadora ovación quebró el silencio de la sala cuando Diana ocupó su butaca frente al piano. Él no había llegado todavía. Estará con los periodistas —pensó ella intranquila. Los dedos recorrieron el teclado inseguros de su dueña. Diana frunció la frente. Empezaba y ya estaba nerviosa. No podía tocar. Quería y no podía hacerlo. Sus manos atacaban las notas impulsadas por la fuerza del hábito, pero no era ella quien actuaba. Trató de concentrarse sin lograrlo. Era inútil. Las notas salían sin fuerza, sin el grandioso acento que ella sabía comunicarles. Frías y rectas, esta vez carecían del mágico aliento que [72] solo imprime a la música el ímpetu creador del genio. El sudor empapaba la frente de Diana, mientras la gente empezó a hablar en voz baja. Era un murmullo que iba creciendo a medida que Diana ejecutaba las notas más altas. Y él no llegaba todavía. Terminó la primera parte y la butaca estaba solitaria.

Diana alcanzó a observar que había actuado en una forma extraña y que no era dueña de sus manos ni de sus pensamientos. Salió hacia su camerino y se tiró en un sillón, mientras pensaba en Carl. ¡Malditos nazis! ¡Se lo habían matado! Si su esposo estuviera vivo no le hubiera pasado esto. Y tenía que ser ahora que él estaba muerto cuando tenía que ocurrirle este fracaso en su última presentación. Y el imbécil del secretario no se había aparecido todavía. ¿Estará enojado porque no le acepté su invitación de anoche? No, es incapaz de eso. ¿Pero cómo quiere que le ame con esos ojos que se trae? Es imposible… El hecho de que me acompañe en la jira no le dá ningún derecho sobre mi cuerpo. Destapó el frasco y bebió un trago de coñac. Carl decía que en estos casos hace bien… Pobre Carl. No me explico cómo se las arreglaría con este monstruo de secretario. Me sigue como una sombra y hoy que necesito compañía no se le antoja presentarse. Y tiene el [73] cinismo de pretender que lo ame. Bruno sabe que eso es imposible y sin embargo insiste. Algún día tendrá que matarme por esto, pero es preferible la muerte a acostarme con él. Hasta ahora no me lo ha dicho, pero sé que lo desea. Me lo pide con los ojos, me lo confirma mi intuición. No voy a saberlo yo… —Diana bebió otro sorbo de coñac y continuó pensando en el difunto Carl. Y en Weimar. Y en la última noche que pasaron los tres juntos. —Bruno también estaba— y en la cena de Navidad. Y en el pavo degollado. No es navidad si no hay pavo —decía Carl—. Bruno se ofreció a sacrificarlo. Diana se sorprendió porque no le conocía esta habilidad. El secretario agarró al animal por el cuello y lo aseguró entre las piernas mientras con la mano izquierda lo sujetaba por debajo del pico. Cuando ella volvió a mirar ya tenía la navaja abierta en la otra. Diana sintió lástima y una lágrima le mojó las pestañas. Bruno estaba transfigurado. Actuaba con la seguridad de un profesional. ¡Y los ojos! Los tenía más salidos que de costumbre. Ella nunca podría olvidar la expresión de los ojos del secretario de su marido. Tenían un brillo siniestro, asesino, que se intensificaba ante la presencia del sacrificio inmediato. Desde entonces le tenía miedo a Bruno y a sus ojos bestiales, animados [74] por un destello solo vital cuando veían sangre, cuajados de vida cuando nacía la muerte. Diana no pudo resistir el macabro espectáculo e intentó quitarle el pavo de las manos, pero él de un manotazo la arrojó contra la tierra del establo. Diana no tuvo tiempo de pensar. Un corte certero y zas… del cuello del animal surgió un tallo de sangre. Ella asistió a todo esto desde el sitio donde estaba caída, silenciosa, paralizada por el terror. Sin embargo pensó que a ella también podía degollarla y sintió miedo pero no le dijo nada a Carl temiendo que él se riera de sus temores. En cambio cada vez que veía a Bruno le miraba cuidadosamente a los ojos para convencerse de que todavía no había aparecido la expresión peculiar que anunciaba un degüello inminente y así poder estar segura de que por lo menos no le había llegado su hora. Estaba convencida sí de que él la iba a matar. No sabía cuándo ni cómo, pero esperaba este momento con absoluta certeza. Además, el hecho de que no se hubiera separado de ella después de que los alemanes remataron de un tiro en la nuca a su amado Carl, le confirmaba sus sospechas. El también esperaba su momento. Diana recordó que no lo amaba y sintió escalofrío. Bebió el último sorbo de coñac y se levantó. Empezaba la segunda parte de su concierto. [75]

El público permaneció en silencio cuando Diana reapareció pero a ella no le importó eso. Lo presentía desde su fracaso inicial. Empezó a tocar con el mismo desgano que la poseía desde el comienzo del concierto. Instintivamente su mirada se detuvo en la butaca de la tercera fila. Nadie. Miró hacia el fondo del teatro y sintió un miedo inmenso. Al fin. Ahí estaba él. Caminaba despacio, con estudiada gravedad. Un río de calor inundó el cuerpo de Diana. Lo miró y siguió tocando, atenta a los gestos de Bruno, completamente olvidada de la partitura. De repente Diana se agitó. Empezó a transformarse. Primero fue la piel del rostro. Blanca al principio, luego adquirió un tono amarillo verdoso mientras su cuerpo temblaba próximo al desmayo. Sentía los ojos de Bruno pegados a su piel, untándola de sangre. Un terror atosigante la envolvía. Se le adentró por todo el cuerpo enfriándole las vísceras. Los ojos, esos ojos de Bruno con reflejos diabólicos, herían como espadas. Y ella los había visto antes… en el establo de Weimar. Casi salidos de las órbitas se proyectaban hasta ella, saturándola de un vaho que olía a manzanas podridas y a cadáver. Diana comprendió entonces que había llegado su hora y se volvió a acordar de Carl y de todo su mundo anterior en una vorágine inconexa y dolorosa [76] que le descuajaba la vida de raíz. Tenía las manos sudorosas, pesadas como los remos de los marinos que han perdido la esperanza y tocó impulsada por el miedo, con los ojos fijos en los ojos de Bruno, sin poder apartarse de esos globos sangrientos que seguían mirándola con la misma fiebre homicida de la noche de Weimar. Desesperada, hizo un último esfuerzo para liberarse y hundió los dedos en el teclado con una violencia insospechada, con la fuerza de la desesperación. Las notas surgieron de lo más hondo de su carne, con un vigor desconocido, casi trágico, sostenidas por el miedo que alimentaba sus inspiración febril. Sí, estaba loca de angustia y tocaba para no mirarlo, para vencer el terror emborrachándose de música y así poder olvidar los ojos, esos ojos pegados a su piel con terca fidelidad a sus propósitos sangrientos. Las manos de Diana respondían ahora con golpes seguros, exactos. Identificados con los vientos de batalla desbocados en su sangre con trágica violencia, arrancaron al instrumento un poema sinfónico, un canto a la vida constelado de campañas y palomas aleteantes. Diana alcanzó la orilla del éxtasis, el límite impreciso donde se juntan la realidad y el sueño porque tocaba para su propio funeral. Se perdió la última nota y del silencio se desgajó un [77] golpe seco, incontenible. Seguía la ovación y ella no salía de su asombro. Estaba desconcertada, ausente del triunfo, de la victoria obtenida por el miedo. Miró al público y únicamente lo vió a él. Estaba ahí, con su sonrisa afectuosa y su rostro inexpresivo y verdoso de secretario. Era el mismo Bruno de todos los días, plácido, sereno, sin una huella de su mirada anterior. Entonces se dió cuenta de que estaba en el teatro, impresión que se confirmó cuando el empresario se acercó a felicitarla. Bruno junto a ella no decía nada pero la miraba con sus ojos sumisos, repletos de asombro. “Me hará el honor de acompañarme a comer” —insinuó el empresario. Diana volvió a mirar, creyendo que Bruno insistía en la invitación que ella había desechado la noche anterior y aceptó sin darse cuenta de lo que hacía, completamente desligada de cuanto ocurría a su alrededor. En el pasillo del restaurante se separó un poco de los otros. No quería ver los ojos de Bruno. Es cierto que ya no tenía la mirada fría y cruel de hacía un instante y ahora eran implorantes y sumisos, igual que después de la cena de Navidad cuando ella y Carl comieron del pavo que él había degollado. Pero recordó de pronto que después de la escena del establo los ojos de Bruno volvieron a recobrar su matiz habitual, lo [78] cual no le restaba fuerza al hecho evidente de la existencia del pavo asesinado con una navaja de afeitar… Luego… Diana se estremeció. Concluía que estaba irremediablemente condenada y que nada ni nadie podría salvarla de su futura muerte. Tenía la firme convicción de que nada le valdría tratar de sustraerse al término normal de su trayectoria biológica, de que era inútil regatearle su cuerpo a la tierra generosa que le había dado la vida y ahora le enviaba la muerte, pero se resistía a aceptar que su suerte se identificara con la de un animal degollado la víspera de la Pascua en un establo. Entregada por completo al análisis de sus sombríos pensamientos, al hecho inminente de su cuello cercenado, no oyó la voz del criado que le preguntaba qué iba a comer. Tráigame el plato del día, dijo sin mirar la carta. ¿Y los señores? Lo mismo y una botella de vino tinto, agregó el empresario. Diana pidió un poco de coñac, bebió un vaso y se quedó mirando los ojos del secretario. Descansó. Eran normales. Sin embargo estaba atenta a cualquier cambio que pudiera operarse en los ojos de Bruno, aunque por ahora podía estar tranquila. Bruno y el empresario conversaban con gran animación. Ella apenas se limitaba a responder con monosílabos evasivos o a negar con un gesto de la [79] boca, rematando sus ademanes con una sonrisa que pretendía ser cordial. No podía ser descortés con el empresario pero tampoco se sentía con muchos deseos de conversar. Además no conocía muy bien el español y eso la excusaba. Bruno le sirvió otro vaso de coñac que ella le agradeció con otra sonrisa. Quería beber, dedicarse a olvidar las escenas recientes que torturaban su vida con impresionante regularidad. De repente su olfato la hizo inclinarse sobre el recuerdo de Carl. Las aletas de la nariz se le dilataron con fruición al contacto del olor característico de algo que ella conocía. Revolvió su memoria en busca del nombre de la sustancia cuyo olor desataba los recuerdos de su vida anterior, encontrándose entonces con la imagen del difunto Carl. Tomando el recuerdo de su esposo como punto de partida, trató de reconstruir su itinerario durante la guerra, hasta que de pronto se encontró pensando en Weimar, en sus calles empedradas y en los ciruelos florecidos en el patio de la granja. El olor se hacía más intenso a medida que se acordaba de las labores diarias realizadas mientras estuvo en la alquería. El criado dejó la fuente sobre la mesa en el mismo instante en que a Diana se le plantó en medio del cerebro la escena del establo. Era el olor propio del pavo guisado, el olor de la última [80] noche de Carl. Miró a Bruno y tembló encogida por el terror, mientras el grito se le estrangulaba entre la boca. Ese era el plato del día, la especialidad de la casa, lo que ella había pedido sin enterarse previamente. Pavo estofado… pavo… sí… pavo degollado. El estómago se le contrajo en un espasmo doloroso, extenuante, llena de deseos de vomitar. Comprendió que no podría soportar más la presencia de las viandas ni resistir su olor y se dispuso a marcharse. Comer ahora que tenía la certeza de que ella también iba a ser muerta, le parecía un acto sacrílego, una infame deslealtad con todos los pavos del mundo que en ese momento eran sus hermanos de infortunio. Entonces se puso en pie. Cuando llegó a la puerta se volvió a mirar a sus anfitriones, no pudo contenerse, les gritó “puercos” y se retiró corriendo del horrible lugar. Bruno se levantó también y echó a correr detrás de Diana sin despedirse del empresario mientras ella llegaba al “Salón Rojo”, pedía la llave y se encerraba en su habitación sin dar explicaciones. No quería ver a nadie. Cuando el criado del hotel se presentó con la comida de la tarde lo despidió a gritos. El pobre muchacho meneó la cabeza con aire dubitativo. La señora Diana estaba enferma. Preocupado y agradecido a la vez (ella le había dado [81] un boleto para el concierto de la antevíspera) resolvió comunicarle lo que pasaba al administrador. Este lo regañó, diciéndole que no se metiera en las cosas de los demás. Diana llamó a la portería para decir que no estaba para nadie, inclusive el secretario, y pidió una botella de coñac. En seguida corrió las persianas y se acostó vestida. Necesitaba pensar. Desde que salió del restaurante la asediaba una idea. Al principio la rechazó horrorizada, después ya no supo qué hacer. Sintió unos pasos en el pasillo y se arrebujó entre las mantas llena de pánico. Era él. Seguro que era él. La obsesionaba con tal fuerza la idea de su muerte que le hubiera extrañado no verlo entrar con la navaja entre los dedos, listo para efectuar la operación. Los pasos se oían más cerca. Suaves, regulares, con una precisión cronométrica. Diana se tapó la cara con las sábanas para no ver la navaja abierta entre los dedos de Bruno y oyó que la puerta se abrió sin ruido. Ella gritó y el muchacho retrocedió asustado con la botella en la mano para no dejarla caer. Luego colocó el coñac sobre la mesa y salió sin preguntar por la salud de la señora como era su costumbre. Diana entre tanto, con el cabello revuelto y bañada, en sudor se retorcía las manos completamente trastornada por la idea que le torturaba la [82] imaginación desde hacía un buen rato. La admitía e instantáneamente volvía a rechazarla asustada. No. No debo siquiera pensar en eso. Sería confundirme con él, con un asesino. Yo no quiero ser asesina, no mataré a nadie. ¡A nadie, me oyen! Se dio cuenta de que había gritado y lloró desconsolada. Después buscó el frasco de coñac, vació un poco en la mano y se enjuagó el rostro con el licor. La tenía como un horno, porque hacía un instante había pensado matarle y ahora tenía miedo de su siniestro pensamiento. Buscó el pañuelo y se limpió los ojos enrojecidos, satisfecha de su negativa decisión. Comprendió sí, que ese era el único camino, la mejor manera de alejar el peligro de su propia muerte. Eliminándolo, suprimiéndolo antes que él la degollara. Un poco más tranquila bebió un último trago y se dispuso a dormir. A esperar su muerte con fácil resignación. Se acordó de Carl con su sonrisa de niño jugueteando entre sus labios y por primera vez en toda su vida se sintió tranquila porque iba a morir, limpia de odio, como había muerto Carl en el establo, sin una mueca en el rostro, sin una pena en el corazón. Completamente serenada salió del lecho, buscó la llave y le dio doble vuelta a la cerradura porque se acordó en ese momento de que ella era sonámbula. En seguida volvió a la cama, [83] miró el reloj y se quedó dormida. Soñó con Carl y despertó asustada. Oyó cantar un gallo y volvió a dormirse. Esta vez vió en el sueño el rostro del teniente rubio que había rematado a Carl pero no se despertó. En cambio gritó dos veces y siguió aletargada en medio de sus oscuros sueños. Cuando despertó otra vez, todavía se oía la campana de una catedral. Empezaba a verse la claridad. Las cinco y media, pensó y sintió deseos de levantarse. Diana se incorporó despacio como si en verdad saliera de un sueño. Él la miraba todavía desde más allá de las órbitas congestionadas, sin odio ni rencor pero ella pareció no concederle importancia. El surco rojizo trazado debajo de la barbilla del hombre tendido en el lecho, apenas alteraba la blancura del cuello. Por eso tal vez ella no vió la herida imperceptible, muy fina. Unas pocas gotas de sangre en la camisa y nada más. Diana tampoco observó esto. Se volvió para el lado de la pared pero en seguida retornó a su posición inicial atraída por los ojos que seguían mirándola con la misma insistencia pegajosa de los hombres que mueren con los ojos abiertos. Se le ocurrió que podría estar muerto y sintió miedo. Creyó que estaba soñando como era su costumbre. Intentó limpiarse los ojos con la manga de la camisa de dormir y comprobó [84] asombrada que estaba desnuda pero no sintió vergüenza. El quería verme así. ¿Y si de verdad estuviera muerto? Diana estaba intrigada. Para estar segura, decidió que se le acercaría caminando en puntillas para no ir a despertarlo. La piel se le resbaló de los dedos cuando quiso examinarle el párpado derecho. Con su pierna izquierda le empujó la cabeza contra la almohada para poder unir los párpados con más comodidad. Retiró la mano y el ojo se abrió otra vez. No me gusta esto —murmuró preocupada. Hizo presión con la pierna y la cabeza se movió. El surco’ encarnado del cuello también se abrió un poco. Otro intento de cerrar el párpado y la misma resistencia anterior. Ya iba a retirarse fastidiada con el hombre pero como no le quitaba los ojos de encima sintió rabia. ¿Con que mirándome desnuda, no? —Le dijo con ira y le estampó la mano con fuerza en el rostro al tiempo que le decía “cochino”, “indecente”. Diana se volvió satisfecha. Tenía húmeda la mano. Se miró y la vió llena de sangre. La cabeza se había desprendido del tronco y casi rueda hasta sus pies pero quedó suspendida de una tira de piel, recostada contra el borde de la cama. ¿Estaré dormida otra vez? —Se preguntó Diana asustada—. Para convencerse de que no era sino una horrible pesadilla, trató de concentrarse, en busca [85] de la verdad. No, estaba despierta, bien despierta. Un aullido ronco le salió del pecho cuando se dio cuenta aterrada de que aun tenía la navaja abierta entre sus finos dedos de pianista. Sí. Bruno estaba muerto, bien muerto, perfectamente degollado. Diana se miró las manos y comprendió que ella lo había matado. Y que esa no era su alcoba. Y que estaba sin ropas para no untarse de sangre. Volvió a acordarse de su esposo y de que ella era sonámbula y corrió desnuda por los corredores entre las miradas de la gente que la contemplaban sorprendidas.[86]

El barro desnudo

Sólo yo sé por qué estoy en el sanatorio. Es cierto que cometí una tontería imperdonable en un hombre inteligente. Cuando digo inteligente no quiero decir que soy un súper-dotado, sino simplemente que poseo una inteligencia común en un hombre normal. Sin embargo estoy en el sanatorio de “Bella Vista”, recluido como si fuera una bestia enferma, un hombre peligroso para la sociedad. En realidad si se fuera a juzgar mi acto —el acto del otro, porque cuando lo ejecuté yo era otra persona— tengo la convicción de que estoy sobrado de razón. Es necesario sí, situarse [86] en un ángulo de enfoque distinto del convencional, porque entonces estaría irremediablemente condenado. Hasta ahora nadie me ha juzgado y si estoy aquí es por otra causa bien distinta que no quiero explicar. Los periódicos hicieron ya suficiente escándalo, como para que nadie lo haya olvidado. Por otra parte no soy tan tonto para ir a repetir aquí lo que todo el mundo conoce muy bien, sabiendo que el recuerdo de mi vida anterior me es definitivamente desagradable. Sólo yo poseo el secreto de lo que me ha ocurrido. Los demás —los científicos— creo que están tontamente equivocados. Ellos han hecho esfuerzos encomiables por obtener conclusiones científicas acertadas o extraer de mi caso algún aporte valioso para el progreso de la ciencia. Creo que a eso se debe el afectuoso interés con que tratan de complacerme hasta en mis más ínfimos deseos, pero ellos no lo hacen por tratarse de un enfermo, sino porque soy un valioso ejemplar de laboratorio que es necesario conservar vivo hasta que mi enfermedad haga crisis y entonces yo les revele la gran verdad. Pero yo no estoy dispuesto a ello de ninguna manera, porque entiendo que esto que hago ahora es apenas una fase de la batalla entre el hombre indefenso y la ciencia deshumanizada. Me produce una enorme satisfacción [87] pensar en el fiasco que van a sufrir cuando vean que los he defraudado. Ahora por ejemplo, me acabo de sonreír despertando la imbécil curiosidad de la enfermera que está apuntando algo en un cuaderno de notas. Si ellos se plantearan mi caso de una manera distinta, es natural que gustoso colaboraría en su empeño. Desafortunadamente mi caso es apenas el caso de un hombre demasiado sensible que en un momento afortunado obró como sentía, para escándalo de la sociedad y desconcierto de la ciencia. Digo momento afortunado, porque yo, un pobre hombre reducido a la impotencia, tengo muy a mi sabor perplejos a los médicos y a las instituciones de psiquiatría. Me interesa más el caso de ellos que el mío propio porque el mío ya tuvo su solución. Precisamente por eso estoy en el sanatorio.

Creo que dije que mi posición de hombre renuente, refractario a la ciencia, se debía a ellos, a los científicos exclusivamente. Insisto en esto porque es apenas una cara del problema, no su ecuación definitiva. Es claro que el trato que me han dado condiciona mi posición, aunque yo estoy seguro de que ellos no quieren hacerme daño, pero hieren mi sensibilidad, cosa que no les perdono jamás. Es claro también que si ellos cambiaran [88] de actitud yo no estaría aquí, perdiéndose así la oportunidad de estudiar un caso extraordinario según ellos, aunque yo creo que se trata de algo completamente simple por demasiado humano. Si todos miraran las cosas así, gustoso me prestaría a hacerle un favor a la teoría médica. Pero es imposible. Ellos no quieren entenderlo. Seguramente si estuvieran de acuerdo conmigo, entonces yo no estaría aquí, mejor dicho no sería un caso interesante. Es un completo círculo vicioso del cual no saldré jamás. Me queda sólo una excusa. Si llegan a descubrir que están equivocados no es por mi culpa sino por su absurdo deseo de empeñarse en ver en mí un caso realmente nuevo, cuando no es más que la culminación de un proceso simple, quizá doloroso, que le hubiera podido ocurrir a otro cualquiera. Yo no soy un caso, yo soy un hombre. Eso es lo que ellos no quieren entender. Por eso estoy en el sanatorio.

No es necesario ser una persona muy sagaz para comprender que tengo razón, pero para evitar cualquier equívoco, muy a mi pesar voy a tener que dejar consignadas en este escrito algunas cosas, porque si así no lo hiciera ustedes se pasarían al bando de los científicos y dirían también que estoy loco, aunque agregando que mi locura reviste una modalidad desconcertante. Cada vez [89] que pienso en esto me irrito notablemente, especialmente a la hora de ir al comedor. Es entonces cuando recuerdo con más claridad y hasta puedo escribir con alguna coordinación. Cuando la enfermera anotó algo en su libreta, me acordé muy bien de ella, —de Dalia— con un poco de tristeza. Debe ser que la quiero todavía. En realidad era muy bella. A veces hasta me arrepiento de lo que hice, a pesar de que yo no tuve la culpa. Fue el otro. Más claro, si fui yo, pero yo era otro que jamás había reaccionado así. Eso lo saben mis amigos, que me conocen bastante, especialmente el bueno de Fabián —pobrecito el gran imbécil— que fue el catalizador que hizo posible mi desastrosa reacción. Por eso estoy en el sanatorio. Si hasta me parece estarlo viendo, paseándose en el salón, con el vaso de Whisky entre el pulgar y el índice. Dalia no estaba. Bebíamos. Me parecía ver sus grandes ojos pardos desde el fondo del vaso. Hablamos de muchas cosas —conversación de borrachos —mientras la prima de Dalia ponía piezas y más piezas en el tocadiscos. Ella no bebe. Mejor, sí bebe pero cuando está sola. En mi departamento no lo ha hecho nunca. Yo sé que se ha emborrachado con Fabián, pero le hago creer que me trago todo lo que ella asegura. Resolví invitarla para que no fuera a decir [90] que lo que hacíamos en el departamento ruborizaría a algún Borgia. Dalia es muy capaz de creerla y por ningún motivo quería perderla. Es tan hermosa. Es por eso que a veces me duele lo que hice, bueno, lo que hizo el otro, porque como dije, yo era otra persona distinta. Además yo no soy responsable de los actos que ejecutan los demás. Dilucidar eso le compete a la sociedad por medio de sus órganos represivos. Al menos eso fue lo que dijo el abogado o el fiscal —no recuerdo bien— el día de la audiencia. Todos estaban muy borrachos. La prima de Dalia —que no bebe sino cuando está sola— sentada en el suelo canturreaba en voz baja mientras Fabián le besaba la espalda. Fue entonces cuando a ella se le antojó que tenía hambre. Comenzó la revolución. He oído decir que las revoluciones las hacen los que tienen hambre. En este caso es rigurosamente exacto. Todo el mundo quería comer algo. Ya nadie quería beber, ni oír música, ni besar a Sonia, la prima de Dalia. Comer ante todo, era la consigna.

A esa hora no se encuentra abierto ningún club nocturno. Todo está ya cerrado. Sin embargo, aun había pan y jamón en la nevera. Yo desgraciadamente el más cuerdo, resolví que comeríamos emparedados y tomaríamos café. Todo estaba [91] arreglado. Ahora todos querían beber, oír música y besar a Sonia, la prima de Dalia.

No sé como fue. La estufa no funcionaba. Estaba dañada la conexión eléctrica. Resolvimos prepararlo todo en el reverbero de gasolina. Hasta ahí recuerdo con claridad. Después… este horrible color blanco como complemento indispensable de mi vida, Dalia, una cama de hospital y por último Bella Vista. Es por eso que estoy en el sanatorio.

Pero antes de esto hay algo más. Fabián me lo explicó mucho después. Un fósforo, la gasolina y las llamas que me abrasaron el rostro, dejándome desfigurado, horriblemente chamuscado. El dolor era intenso, agobiante. Sentía la piel estirada, tensa, como si me la templaran desde atrás, desde la nuca en un desesperado afán por volverla a su sitio primitivo. Los pelos de la barba me torturaban hasta hacerme gritar. Los sentía crecer, bregar por abrirse paso entre las costras supuradas, aumentando así mis dolores. Yo no podía hacer nada. Sólo la morfina lograba calmarme un poco pero me la regateaban con infame avaricia, mientras yo me retorcía de ira y desesperación. Una mañana la enfermera dijo que me iban a operar. Yo no protesté. Nada me importaba. Tendrá que ser en la cara, supongo, dije a la muchacha. Ella [92] asintió y me ofreció un cigarrillo que encendió y puso entre mis labios doloridos. Difícilmente podía fumar. Hacía nueve días tenía la cara vendada completamente, sin poder abrir los ojos, sin saber si podría ver nuevamente los rostros amados. Durante todo ese tiempo Dalia era mi obsesión. La veía en todas partes. Digo la veía, pero creo que no es exacto. Su prima vino a verme. Yo no lo supe sino cuando me informó la enfermera. Me molestaba que Dalia no estuviera ahí, a mi lado, aun cuando justificaba su ausencia en gracia de sus vacaciones a dos horas por avión de la ciudad. Sí. No era justo que yo le echara a perder su descanso cerca del mar.

Llegaron los médicos. Hablaban un lenguaje extraño que yo no sentía interés en descifrar. ¿Para qué si estaba a su merced? Era un conejillo de indias, lo mismo que ahora aquí en el sanatorio. Sólo recuerdo la aguja desgarrándome la carne en medio de las vértebras. Después… la inconsciencia, la muerte artificial de mi sensibilidad. El color blanco me es familiar desde entonces. Vendas, sábanas, uniformes blancos. Todo blanco, hasta el papel en que ahora escribo. Desperté muy cansado. Pedí la comida de la tarde. La enfermera sonrió cuando me puso entre los labios el jugo de naranja. Era el desayuno. [93]

Había dormido veinticuatro horas continuas. Pregunté si habían puesto en el correo la carta que había dictado. La prima de Dalia la había enviado. Esta carta era para Dalia precisamente. Muy corta. Le decía lo que me había ocurrido y que la amaba. Nada más.

Los días siguientes transcurrieron normalmente. Es decir dentro de lo normal en una cama de hospital. Solo una noticia me desagradó profundamente. Sonia había presenciado la operación. Fue una descarada violación de las reglas del hospital. No me importa que me haya visto la cara llena de verrugas y costras purulentas, sino la abusiva intromisión. Se podría pensar que soy un hombre pagado de mí mismo. No hay tal. Pero no me gusta que me vean aullar como un perro herido. Si grito es porque me duele y me fastidia que mis quejas dejen de sér mías para convertirse en un espectáculo de feria.

Al tercer día me levanté ayudado por la enfermera. Sentí necesidad de mirarme en el espejo. La muchacha se negó rotundamente. Orden del médico, me contestó. Me sorprendió la negativa que comprendí más tarde. Pensé con ira que la muy cristiana también quería compadecerme. Seguramente yo había quedado con una cara repugnante. Con cara de monstruo. “Sí, no me casaré [94] con un monstruo”. Al oírlo la primera vez, me resistí a creer que Dalia hubiera escrito esas palabras. Me parecía que no se referían a mí, que estaban escritas para otro. Pero la enfermera había leído bien. Con un poco de turbación sí, cuando leyó “no me casaré con un monstruo”. Yo mismo no me explico esa imperturbable serenidad con que escuché el resto de la carta. Me limité a sonreír. Mucho después, cuando me quitaron las vendas, comprendí la horrible franqueza de sus palabras. La luz me hería los ojos. Con mucho trabajo me habituaba a la nueva claridad. Simultáneamente con esta nueva adaptación a la luz, crecía el afán por acercarme a un espejo. Al fin comprendí que era inútil pedir más. Todos se negaban con evasivas a complacerme. Yo no aguantaba más. Si en esos días hubiera sabido que iba a subir a la horca, estoy seguro de que mi último deseo hubiera sido mirarme en la superficie de un espejo. Pero si quería mirarme tendría que procurármelo yo mismo. Poco a poco fui construyendo el plan. Sería después del desayuno. A esa hora me dejaban solo, libre de toda vigilancia. Me trajeren mi ración diaria y me quitaron las vendas. La piel no me dolía pero me rascaba hasta desesperarme. Muy quedo me deslicé de la cama al suelo. Paso a paso me acerqué hasta el [95] baño. Tenía la frente empapada en sudor. Lo recuerdo y me parece estar cometiendo un sacrilegio. Al fin llegué. Ahí tenía que haber un espejo Lo vi. A la izquierda. Detrás de la puerta. De tu salto me puse en frente. Creo que no podré describir la dolorosa sensación. No era mi cara, no.

Dalia tenía razón. “No me casaré con un monstruo”. Las palabras llenaban mis oídos con su sorda crueldad. No pude verme la cara, no podía ver nada. Estaba fuera de mí, anonadado por la verdad directa envuelta en la palabras de Dalia. En medio de mi desconcierto apenas alcancé a intuir el cambio operado en mi existencia. Todo se había derrumbado estrepitosamente. Es ahora cuando entiendo lo absurdo de los afectos únicos. Hasta ese instante mi vida gravitaba alrededor de un único sol: Dalia. Ahora estaba frente a un eclipse total, definitivo. No sé como pude reponerme. Siempre me he preocupado por controlar mis emociones. En esta ocasión esa modalidad de mi temperamento aguantó la más dura prueba. La costumbre a estas situaciones hizo fácil y tranquilo mi tránsito al sosiego habitual. No me importaba Dalia en sí. Creo que la hubiera substituido o me hubiera pasado sin ella. Per asociando la pérdida a sus palabras, una espina irritativa me pinchaba el corazón. Al principio [96]

creí que no seria capaz de soportar el punzante recuerdo, que moriría antes que resistirlo. Sin embargo estaba equivocado. El tiempo generoso fue atemperando mi conducta, cicatrizando mi sensibilidad. Al cabo de unos meses había olvidado a Dalia. Sólo las palabras me molestaban con su dolorosa evocación cuando veía una cara hermosa. En seguida ya lo había olvidado. Todos estaban sorprendidos de mi recuperación. Algunas veces volvía a examinar cuidadosamente la conducta de Dalia y lo que ella podía representar como incidencia en mi vida interior. Asombrado, comprobé que era una mujer sin importancia. Ni siquiera le guardaba rencor. Esta certeza me animó mucho, me devolvió la seguridad. Esa fue mi gran equivocación, lo que no me he perdonado jamás. Es por eso que estoy en el sanatorio.

Por alguna razón sentía una sensación desagradable cuando Veía Una cara hermosa. Lo vine a entender cuando la vi. Entonces no pude contenerme. Yo era otro, de lo contrario no lo hubiera hecho. Sentí una ira destructora, bestial. El furor me cegó repentinamente, me hizo perder el equilibrio emocional. Ella no me reconoció. Creo que jamás pensó encontrarme en el laboratorio de Fabián. El había salido y yo lo esperaba. [97] Cuando ella entró yo la reconocí al instante. Me encontraba detrás de la mesa de experimentos. La ira me apretaba las sienes. Unas ganas tremendas de matar me templaban el cuerpo. Mis manos atenaceaban la mesa, tensas corno garras. No sé cómo pude excitarme así. Trataba de controlarme, quería controlarme, pero era imposible. Los instintos de vindicta podían más que mis deseos. Deseé que se fuera, que no se pusiera al alcance de mis manos.

—¿El doctor Fabián Casado?

—No está, regresa en seguida —le respondí. Mi voz era firme, natural.

Me miró y me reconoció en seguida.

—¡Pero eres tú…!

Yo no pude más. No sé cómo el ácido apareció en mis manos. Apenas recuerdo el grito de Dalia y mi angustia después. La había desfigurado. “No me casaré con un monstruo”. No estaba equivocada. Eso era yo. Un monstruo, una bestia asesina. Por eso estoy en el sanatorio.

Ahora lo confieso, quiero hacerlo constar aunque nadie me va a creer. Yo no tuve intención, no quería hacerlo. Quería que se fuera, que me quitara la oportunidad, pero no pude, no fui yo, no pude, no fui… no… no… nooo…

El doctor me ha hecho tomar un calmante. Creo [98] que grité. Otra tontería. Ahora sí van a creer que estoy… no… no quiero decirlo… Eso no es verdad.

Ellos no me creen. Dice que yo soy un caso excepcional. Por eso estoy en el sanatorio.

Relato del sueño de un obrero

Las ligaduras lo mantenían inmóvil. No podía verlas pero eran muy fuertes y el hombre tenía los brazos doloridos. Levantó los ojos. El cielo se le venía encima. Lo tenía a un palmo de su frente. Iba a triturarlo esa mole azul y silenciosa. Quiso levantar el puño y detenerla. Sólo consiguió que la cabeza le doliera un poco más. Sin él desearlo sus ojos se enfrentaban al oscuro vacío. Y sin poder ejecutar el más leve movimiento. Hallaba dificultad para mover los párpados y ahuyentar las sombras de sus ojos enfermos… ¿Estoy enfermo? Pero si veo la sábana verde extendida sobre la tierra. No. No es una sábana. Es un prado. El verde intenso le hizo percibir una débil sensación de fetidez. ¿Huele el color verde? Ahora no lo sabía. El árbol ocupaba la comarca de su cerebro. Como un brazo mutilado y amenazante, surgía el tronco sonámbulo de la sábana verde. Ya a sus ojos les era familiar la oscuridad. Como [99] sí toda su vida hubiera sido una noche inmensa. Pero el prado insistía en su fétido verdor.

Silenciosamente llegó el pensamiento. Debía cambiar de color. Metamorfosearse en rojo… ¡Sí… que se torne rojo!, como bermeja es la sangre y escarlata es el color de las gotitas detenidas en las uñas. Ella en el árbol persistía en mirarlo. En asaetearlo con las agujas de sus ojos. Se le metían por la red de la sangre, pinchándole los tejidos. No le dolían las células destrozadas. ¿Por qué habían de dolerle? Jonatán había tomado una decisión. ¿Acaso se llamaba él Jonatán? Su abuelo recogía fresas y también se llamaba Jonatán. Comprendía que no debía pensar en su antepasado si ella no se alejaba del árbol. Suspendida de una rama, lo llenaba todo con su presencia semiborrosa. Jamás podría delimitar su rostro. Sólo recordaría sus ojos. Los ojos de rana, verdidorados, sin párpados. Se prolongaban como un tallo de luz sosteniendo su mirada.

Cuando la mujer tomó el alambre, creyó que lo iba a estrangular. El miedo se refugió en sus vértebras. Creyó sentir el filo acerado, destrozándole los músculos del cuello. Estaba decidido a no gritar. El trazo firme de la boca y el cuadrado mentón, así lo pregonaban. Una sucesión de gritos como bolas rodaron por su garganta y se perdieron [100] dieron en la laringe. Ahora sí que no gritaría.

¿Había visto mal? No era un alambre. Una pértiga delgada, de vidrio opalino, dividió el aire. Quizá era de noche —no lo sabía bien— porque en su cilíndrica superficie se morían las estrellas. El látigo salió a su encuentro, diestramente manejado. Ella sabía su oficio. Sentía el miedo galopar por sus venas, congelándole la sangre. Quería gritar. El látigo ya lo alcanzaba. Despiadado buscaba siempre los ojos.

Hondo y cruel, el dolor se le metió por el hueco de la órbita. Tal vez iba a morirse. Con desesperante lentitud el párpado corría sus persianas de sombra. ¿Sería que ya estaba muerto? Se resistía a creerlo. Desesperado, en último esfuerzo vital se agarraba a su agonía para prolongar su vida. Extraño, sí, pero nada le dolía. Solo la angustia del silencio. Para Jonatán era más horrible esa laxitud, que el dolor mismo. Las sombras se hundían por su córnea. Se introducían por el huequito del iris. Asidas de su nervio óptico llegaron tambaleantes a la amapola marchita del cerebro. Se horrorizó al contemplar los pétalos grises de las circunvoluciones, con borde rojizo como las uñas de la mujer. Quería luchar. Un impulso débil, muy lejano en su cerebro, así se lo ordenaba. Sí, debía vivir. Podía vivir. Intentó [101] hacerlo. Ante su asombro surgió el grito como una flecha azul hendiendo el aire. Un gozo infantil, le arrugó el rostro. El grito descendía ya. El sonido claro anunció su impacto contra el látigo. Como si fuera de cera, lo dividía en fragmentos diminutos. Ella había desaparecido. Comenzaba su liberación.

Debía recoger los pedacitos. Así no causarían más daño… Sus ojos quisieron escapar de las órbitas. Los trozos se movían. Otra vez la angustia aplastaba su corazón. Tenían movilidad. Sí… Unas cosas informes con múltiples apéndices y con manchitas en el lomo. Tomaban forma. Se transformaban en números. Sí… En números vestidos que intentaban cruzar sobre su vientre. Los distinguía muy bien. El 1 recto y delgado. El 2 parecía un anciano. Encorvado como su abuelo, el que recogía fresas. Quizá nunca acabarían de pasar. Sintió un gran alivio, cuando el 3 indeciso, se decidió a reptar. Casi como un gusano. Cerró los ojos para no verlos más. Entonces comprendió la magnitud de su ceguera. Y todavía los veía cruzar en desfile interminable. Graves y pausados, haciéndole cosquillas en la epidermis desnuda. El 4 avanzaba con un pie encogido. Sentía su pata helada. Le dolía el vientre. ¿Cuándo dejaría de saltar el fastidioso y diminuto personaje? [102] Y ahora el 7 haciendo venias sumisas. No sabía por qué se acordaba de Nico, el esquirol. Pasaban interminables y constantes, con atroz regularidad. A lo lejos se perdía el 9. Las puntas del frac le arrastraban por el suelo. Cuando pasó el cero, rodando como un saltimbanqui ya no pudo soportarlo. Sintió náuseas. Su estómago dolorido ya no podía más. Regresaba otra vez a la oscuridad. Todos sus resortes vitales sé aflojaron lentamente…

Jamás llegó a saber cuánto tiempo había transcurrido ahora que la conciencia volvía a él. La luz horadaba las sombras. Su inmensa claridad se detuvo en su barba. Cómo brillaba ahora. El asombro del mundo se posaba en sus ojos, mientras en la tarde se perdían las rojas banderas de los hombres. El ancho paréntesis del gozo, encuadraba su rostro. Quería ser cómo ellos abanderado de la inconformidad. Ahora Jonatán comprendía la gran verdad. [103]

Archivo

Una inspección a los textos publicados por Cárdenas, activa por sí misma una imagen clara de las plataformas institucionales y dinámicas del campo literario en la Bogotá de mitad de siglo veinte: Uno de título diciente, “Relato del sueño de un obrero”, incluido en el semanario Sábado, reproduce uno de los cuentos ya incluidos en su libro de 1951, y luego, cuatro años después, existe otro más, aparecido en la revista Mito, este sí crónica, titulado “Un juez rural en Guataquí”, publicado en 1955 y fuertemente inscrito en las inquietudes ideológicas y estéticas que constituyen la vigencia de su momento histórico. No cabe duda de que su tesis en derecho, presentada en 1954, delinea también este aspecto de su personalidad y sus convicciones políticas.

Semanario Sábado

En el mismo año de publicación del libro de cuentos acá presentado, 1951, el semanario el tiempo incluiría el cuento más corto de este compendio. Titulado “relato del sueño de un obrero” el texto sugiere imágenes de intenso sometimiento e incluso de tortura, que verifican una identidad lesionada, sometida a fuerzas que le superan y que en este caso replican la lucha de clases en un nivel de pesadilla, como consta en la estética de viacrucis surreal que distingue el breve relato. Para información sobre el Semanario Sábado y su tendencia de oposición al establecimiento desde el ideario liberal, el artículo “Catorce años de sábados críticos” (1991) por Oscar Torres Duque, da una magnitud histórica. Actualmente, es posible consultar antiguos números del semanario en la colección de la hemeroteca y también en la de microfilms del Banco de la República, igualmente en la Luis Ángel Arango.

Archivo de la BLAA.

Tesis en Derecho (1954-UNAL)

En el Sistema Nacional de Bibliotecas bajo sus dos apellidos, Ramiro Cárdenas Hernández, se encuentran disponibles en el Centro Gabriel García Márquez dos ejemplares de consulta interna de su tesis de grado, que podrían ofrecer un complemento muy especial en la reconstrucción del escritor y sus instancias como académico e intelectual. El enfoque en la libertad de prensa del trabajo, adicionalmente, evidencia una posición liberal coherente a lo largo de su carrera como pensador.

Registro de la tesis en el catálogo del Sistema Nacional de Bibliotecas.

De su graduación como tal, consta registro en un anuario del archivo en línea de la Universidad Nacional, por lo demás el último dato de su existencia que me ha sido posible rastrear, apenas en 1954, diferente de su propio testimonio en la Revista Mito, que aparecería en 1955.

Revista Mito

Incluido en la sección de testimonios y datado en 1955, este documento completa los trabajos publicados por Ramiro Cárdenas y representa una evidencia final de su escritura, presentado como una crónica de su experiencia como juez rural en Guataquí, e instalado en un género y estilo por completo ajenos al tono experimental y denso de su libro de cuentos de 1951. También es muy de destacar su presencia en apenas el segundo número de la revista mito, en su primer año de existencia, cuando más adelante vincularía nombre de alta importancia nacional e internacional, así como nuestro autor desconocido, incluyendo nombres como el de Octavio Paz, Álvaro Mutis, Álvaro Cepeda Samudio, León de Greiff, Jean Paul Sartre, Carlos Fuentes, Nicolás Gómez Dávila, Ramón de Zubiría, Eduardo Caballero Calderón, Eduardo Carranza, Eduardo Zalamea Borda, Gloria Valencia de Castaño o el mismo Gabriel García Márquez.

Recientemente graduado en la carrera de derecho, en la Universidad Nacional, su entrada al aparato profesional de la ley y su carrera como funcionario, parecen ocupar su vocación y su tiempo hasta un punto en el que la literatura debía ser desplazada a la periferia de sus actividades. Interesa sobre todo, el marcado contraste que esta transformación implica, mostrándonos la variante para aquel lugar común en el boom latinoamericano, en el que tantos estudiantes de Derecho acabarían realizándose como escritores, y nos habla del aprendiz de escritor que acaba por graduarse en Derecho y alejarse de la ficción. Aunque no hay más entradas en la tradición prosista, esto no sucede para Cárdenas en una lógica de renuncia o fracaso, sino en el compromiso con otros emprendimientos, si bien ya en este artículo de Mito materializa con todavía más fuerza una visión desencantada de país.

Accede al PDF en línea en el repositorio de la Revista Mito

Créditos

Juan David Cadena Botero, PhD Student - Ideación del proyecto, desarrollo y marcado.

Trabajo realizado en el marco del seminario “Humanidades Digitales Latinoamericanas e Ibéricas” (Prof. Susanna Allés Torrent), en el Departament of Latin American and Iberian Cultures, Columbia University

Plantilla Jekyll utilizada y personalizada: Docster

Contáctenos para cualquier comentario o sugerencia: J. D. Cadena Botero